6 mar. 2008

HOMENAJE A FABIAN FORERO VALDERRAMA


EL aRTE,

LA EJeCUCIÓN

Y eL ESTuDIO

dE LA BANDoLA

En

FABIáN FoRErO VALDERrAMA

Palabras pronunciadas por Eliecer Arenas Monsalve
durante el lanzamiento de los Diez Estudios Caprichos
para Bandola Andina Colombiana.
Universidad El Bosque. Febrero 2008.

Estoy muy agradecido con la invitación que me ha hecho Fabian y por la oportunidad de encontrarme con tanta gente vinculada a la música. Es muy emocionante porque el momento que vive la música en el país demanda con urgencia que quienes en algun sentido estamos en contacto con ella, o la disfrutamos, hagamos lo posible por tratar de entender lo que está pasando.

Cuando me invitó, me hizo ver su preocupación por hacer conciencia de la necesidad de juntarnos como gremio que hace la cultura musical del país. Coincido plenamente con él: debemos trabajar para dejar el faccionamiento, para dejar el aislamiento que nos condena a ser una fuerza marginal.

Quizás Fabian haya querido que esté aquí, también, porque soy un convencido que sólo juntando esfuerzos es posible iniciar un proyecto de futuro convocante y promisorio para los músicos de este país. Tengo claro que sólo recuperando críticamente la historia que nos ha traído hasta aquí, tendremos la mente clara para pensar el futuro. Sólo volviendo los ojos a la realidad de la música y la educación musical colombiana y preguntándonos de verdad cuál debe ser nuestro aporte, podremos lograr que la vida artística y académica florezca. Pero para poder asumir ese reto debemos aprender a reconocernos, a complementarnos unos con otros, como facultades, como colegas, como practicantes del mismo o de diferente género musical. Necesitamos dejar de ignorarnos.

En este momento, mirándonos de frente y a los ojos, Fabian Forero nos ofrece un marco de encuentro. Un punto de encuentro muy valiente: su propio trabajo. Escribir una serie de estudios es tomar partido y exponerse. Porque pontificar en el vacío es muy fácil, pero dejar memoria de las formas como se conciben los asuntos que les atañen a todos es otra cosa. Él sabe bien que sólo apostando, escribiendo, grabando, publicando, asistiendo a foros, se garantiza que los debates se hagan en términos constructivos y se aporta.


Digo que Fabian es muy valiente porque, como lo sabe cualquier creador, en cualquier género, ensayo, poesía, música, pedagogía, la obra lo refleja a uno inevitablemente. Por eso, quizás en este abrebocas tenga que referirme a algunos aspectos de la biografía y de la trayectoria académica y artistica del autor. Quisiera que advirtieran que la noción misma de trayectoria resulta muy relevante porque sugiere precisamente la necesidad de mostrar de dónde se viene, qué caminos se han tomado y hacia dónde conducen o se espera que conduzcan los pasos dados. Es, si se quiere, un mapa que permite asumir, en su propia lógica, el recorrido de quien se ha sentido con la obligación de tener un punto de vista sobre las cosas de la música y del papel del artista en el país. Un punto de vista, provisional, siempre móvil y abierto a mejores argumentos, pero un punto de vista propio.

Fabian con esta invitación nos ha recordado que quizás estamos en mora de reconocer franca y abiertamente que las músicas populares son complejos mundos que tienen sus propias formas de trabajo y su propias aproximaciones estéticas y pedagógicas. Las músicas populares requieren un trasfondo conceptual distinto, una epistemología de la práctica que le de un terreno seguro y unos supuestos pedagógicos que la ayuden a clarificar su singularidad.

Debemos comenzar a admitir que los músicos populares presentan rasgos peculiares que muchos prejuicios no nos han permitido valorar suficientemente. Un rasgo fundamental y quizás definitorio de su forma de relacionarse con la música, es que los músicos que trabajan las músicas tradicionales y populares son fundamentalmente músicos prácticos, aunque algunos de ellos cuenten con formación académica.

Tenemos que enfrentar los prejuicios de una larga tradición que nos fuerza a ver el conocimiento con un sesgo grande a favor de la contemplación teórica, es decir, al saber desligado del saber hacer. La vida y la formación de Fabian Forero Valderrama –músico surgido de la escuela de la práctica, del hacer- es la trayectoria de un espiritu libre que ha ido asumiendo ese bagaje en relación con otras tradiciones populares y/o académicas.


Por eso la invitación de esta noche tiene un sentido profundamente humano, no sólo artístico o musical. Permítanme sugerir algunas cosas que este trabajo que hoy lanzamos nos revela.

En primer término, demuestra que el recorrido vital de Fabian Forero refleja un amor innegociable por la música y por la bandola, que ha sido la principal directriz, el norte permanente, y como el lo sabe ahora mejor que nunca, la brújula en los momentos de confusión.

En las condiciones objetivas del trabajo musical en el país es casi milagroso que estemos reunidos lanzando este trabajo. Siempre me ha parecido extraño el olvido que tiene en la formación musical, el estudio de las necesidades musicales que tenemos en el país, pero no las necesidades de los músicos y sus egos, sino del país, ese complejo mundo que no aprendemos a entender y que quizás, aprendemos a mirar con desdén cuando no francamente con desprecio. La necesidad de pensar el trabajo musical, y los escenarios y las condiciones en que se dan las practicas musicales en Colombia, requiere que pensemos en cosas humanas, demasiado humanas, tales como recursos con los que disponemos, el salario, el respaldo institucional, el ambiente de trabajo, las posibilidades formación continúa, los estímulos, la vida académica, el intercambio con otros colegas, las posibilidades de asenso social, las posibilidades de hacer conciertos, recitales, etc.

Debemos conocer el contexto, ya es el primer paso para educar no sólo con rigor, sino con pertinencia. Despreciar el país, no quererlo ver y soñar –equívocamente- con nuestra presunta superioridad hace que equivoquemos los modelos de formación que nos convienen como país. Debemos conocer a fondo la historia, las necesidades particulares, los recursos musicales, las apuestas estéticas, los diversos modos de vida, las poéticas, las temáticas que tienen todas y cada una de las prácticas musicales que hay en el país. O si no, ¿con quien contamos para alcanzar nuestros sueños de vidas artíticas plenamente realizadas?. Debemos dejar de ver esto como un asunto individual de "sálvese quien pueda", ni de "aprenda a tocar mejor que su vecino".

Se trata, más bien, de trabajar juntos, hombro a hombro, por conocer y mejorar las condiciones de sostenibilidad de las prácticas musicales en el país. Educar el público es en este sentido, la principal tarea. Hay que poner a muchos a jugar fútbol, para que salga un Maradona. Este esfuerzo editorial es una manera de hacer una cultura de la bandola: poner a rodar referentes para que los estudiantes conozcan las formas de llegar a los Maradonas de la Bandola: Diego Estrada, Ernesto Sanchez, Fernando León, Jesús Zapata, Jairo Rincón, Manuel Bernal, Diego Estrada, Diego Saboya y el propio Fabian. Nuestros maradonas, quienes nos han enseñado a soñar con la perfección.


Yo creo que engañamos a nuestros estudiantes cuando no les hacemos ver que hacer música, teatro, danza o artes plásticas, visuales o digitales, implica no sólo un formidable manejo técnico de los pormenores de cada disciplina. Debemos conocer en profundidad la complejidad de los contextos donde queremos poner en juego nuestros proyectos de vida. Y eso es complejo. Meterse en el arte es entrar en lo que Foucault ha llamado, prácticas de sí, es decir, prácticas donde el principal objeto de estudio es uno mismo. Meterse en el arte, y aquí incluyo la dimensión artística de la pedagogía, requiere un gran trabajo sobre sí mismo, un laborioso trabajo de auto-artesanía, un paciente comprender la propia complejidad y las posibilidades estéticas y expresivas de esa complejidad. Desde ese conocimiento propio es que podemos trabajar para que las condiciones de sostenibilidad de las prácticas musicales se den. Pensamos en ser los mejores virtuosos y no queremos ver el país que tenemos al frente, un país que requiere ser educado: hay que educar, con sensibilidad y paciencia, a los políticos, debemos participar de las decisiones que atañen a nuestro trabajo; debemos educar a los gestores, que se olvidan de ofrecer condiciones dignas de trabajo; hay que educar las universidades, para que entiendan la especificidad de la academica cuando se trata de música y arte….mejor no sigo……tenemos que reeducar nuestro propio pensamiento sobre la música y su papel en el país.

Para ello se requiere una tenacidad espartana. Sabemos bien que se necesita algo más que talento para llegar a ser un virtuoso, un gran artista o un inolvidable maestro. Hacerse una carrera como artista, por ejemplo, implica posicionarse en un campo, entrar plenamente en él, asumir las consecuencias, gravitar en torno de sus dinámicas. Es vivir, respirar, mirar, oler, sudar, tocar, ver el mundo como algo susceptible de ser tratado estéticamente. Hacer arte es entrar a jugar un juego vitalmente comprometido. En ese sentido, Fabian es de la estirpe de músicos hechos por la práctica, en las condiciones del campo, no de las condiciones de laboratorio de la academia, pero que ha hecho uso sistemático y riguroso de sus aportes.

El problema de fondo es serio y va más allá de una crítica superficial al modelo educativo. Sugiere la necesidad de empoderarnos como comunidad académica y como comunidad de agentes culturales. Creo que quienes trabajamos alrededor de la música sólo nos podemos llenar de poder, de la sensación vibrante de poder-ser, de poder-hacer, de poder-desplegarnos, exigiéndonos una cambio de actitud y de paradigma. Fabian es un ejemplo, uno entre tantos de este país, que se propuso la utopía de ser un concertista en un país que no ofrece escenarios de conciertos. Con el agravante de ser concertista de un instrumento sin prestigio para alcanzar tal rol. Y lo logró en lo concerniente a su apuesta vital, pero las condiciones culturales no están dadas para ser un bandolista recorriendo el mundo haciendo conciertos.




El mundo musical es un mundo muy competido, muchas circunstancias –las condiciones laborales especialmente- atentan contra la posibilidad de ser un músico de nivel internacional. Pero parte del encanto y el peligro de los sueños es que son inciertos, son irrealidades que nos ayudan a formatear la realidad. Permítanme poner un ejemplo trivial: La irrealidad del viaje que tengo pensado en diciembre, condiciona mi realidad porque me obliga a organizarme, a ahorrar, a no tener compromisos para esos días, a agendar esas semanas con mi novia, a asegurarme que haya pasajes, etc. Si las irrealidades condicionan la realidad en esas cosas nimias, con mayor razón cuando los sueños llegan a tener el tamaño de un proyecto de vida. Los sueños son incertidumbres. Quien solo quiere certezas esta condenado a repetirse, a morirse de tedio, a ver cada día más gris la realidad.

Por eso ciertamente me parece preocupante que en la educación musical ya nadie hable de imaginación ni fantasía, y con ello mundo de la música y el de su enseñanza se ha empobrecido. Basta con mirar el vocabulario de la enseñanza artística para darse cuenta que está muriendo de inanición porque le hace falta el alimento de la metáfora, la ensoñación poética y la imaginación. Las formas de análisis, cada vez más precisas, técnicas y sofisticadas, nos han acercado a la idea de explicación científica y nos insufla su euforia: todo tiene su explicación, todo tiene un modelo subyacente, todo tiene una forma prefigurada, todo tiene su génesis en unas matrices racionales, todo tiene su estructura subyacente. La creación ahora es mero oficio; de ser considerada un lugar para la intuición, se ha vuelto mera técnica; el aprendizaje, antes ligado a la asimilación de una forma de vida, ha degenerado en mera didáctica.


Quizás hemos olvidado que la comprensión artística es compromiso empático, es afección, es trascendencia, es ir más allá de lo evidente, es encontrar el alma en la materia artística, y jugarse el alma en apropiarla.

Se que esto es polémico.

Pero no hay que alarmarse, por supuesto, esta no es una invitación al abandono de la razón ni es un llamado a la falta de rigor, tan sólo quisiera recordar que el rigor en el arte también se llama pasión. Quisiéramos ver que regresa a la música su dimensión poética, y, sobre todo re-sensibilizar su pedagogía. Necesitamos una razón sentiente, una razón sensible,o quizás, sencillamente, una sensibilidad más razonable.

Sin ideas estéticas, sin formación de sensibilidades estéticas, no hay música posible, sólo mecánica virtuosa y fanfarronería exhibicionista. Necesitamos con urgencia un nuevo léxico para referirnos al arte y sus procesos.

Necesitamos un lenguaje capaz de volver a nombrar las cosas por su nombre. Necesitamos una estrategia que recuerde que no hay método; que el dar cuenta del arte tiene que ver también con procesos inconcientes, con vivencias traídas a los objetos artísticos que así, quedan convertidos en pretextos, en ocasiones de simpatía existencial humana. Hay que dejar los complejos, la sensibilidad y el juego, tienen un status tan cognitivo como la creación de modelos algorítmicos.

Hacer poesía requiere tanta competencia cognitiva como resolver ecuaciones.

Por eso no hay que tener vergüenza de decir que necesitamos una educación musical que eduque la sensibilidad y la razón sensible . Aprender música es aprender a hacer de pactos con el sonido, en función de los cuales, el músico y la materia sonora, se co-crean reciproca e interminablemente. Yo me hago haciendo el sonido que me hace…en un bucle que se alimenta, como una serpiente mordiéndose la cola.

Estamos en mora de sentarnos a pensar la educación musical como nos ensañaron los alquimistas y como nos enseñan muchas músicas populares. Los alquimistas nos enseñaron, hace ya mucho tiempo, a usar materiales vivos y a manipularlos, pero al hacerlo, al mismo tiempo, esos hombres y mujeres trabajaban sobre sí mismos, cincelaban su propia psique. No debemos olvidarlo: el arte es experiencia de autocreación, en el mas profundo sentido, creación de nosotros mismos.

Los más grandes músicos, han sido grandes, en parte, por lograr entender que las obras musicales son organismos vivos a lo que hay que acercarse atendiendo su singularidad. Se acercan con conocimientos pero sin la erudición que roba la emoción y la sorpresa. Cuando uno se acerca al mundo sin la pretensión de verificar un modelo que tiene previamente en su cabeza, se hace merecedor de la transparencia de las obras; nos acercamos al misterio de su totalidad, logramos entender que cada parte de una obra cobra vida por el sentido de la totalidad, que en su individualidad cada parte nos invita, nos provoca, nos sugiere la forma como debemos tratarla para darle sentido al todo. La singularidad de eso otro que es la obra, obra por la singularidad nuestra. Por eso conocernos nos hace mejores artistas. Es como un pacto: los estudios que Fabian presenta, son ocasiones felices para este ejercicio, para hacer un pacto, "conozcase mientras conoce la bandola", "hágase artista mientras se apropia de la técnica", "en todos los casos recuerde que el único dios tutelar es el sonido".

Quizás por eso arte es inconforme. Siempre se renueva, siempre plantea otra cosa. En el arte no hay evolución, pero esta lleno de cambios, de nuevas alternativas que no obstante, no deja obsoletas las más antiguas, por eso tenemos clásicos. Todos los géneros artísticos y todas las épocas tienen sus clásicos, sus obras canónicas, sus referentes tutelares, aquellos que siguen rejuveneciendo con el paso del tiempo, aquellas obras que siguen hablando desde su época y sus circunstancias a nuestros corazones, que son de todas las épocas y circunstancias, por el hecho de ser humanas en pleno sentido.

Necesitamos una pedagogía del arte que permita, proponga y aliente a manifestar creativamente nuestro inconformismo, y a expresarlo en forma de creaciones, obras, recursos pedagógicos, formas de acción política y sobre todo, revolucionando nuestra manera de asumir la propia formación. Por eso con frecuencia el arte es manifestación de inconformismo, pero no sólo es desahogo ni catarsis, sino que aspira a ser propuesta, como los estudios que hoy lanza Fabian para hacer crecer la imaginación musical de este país. Es un granito de arena que aspira a ser terreno común para juntarnos en la idea de hacer de la música y del arte de la enseñanza de la música, algo por lo que valga la pena vivir nuestras vidas. Estos trabajos, en su sencillez, pero en toda su profundidad, nos invitan a pensar la urgencia de una pedagogía de la música que supere los reduccionismos que la quieren convertir en discusión curricular, mera metodología, mera ingeniería educativa. Esos reduccionismos son limitantes, castrantes y empobrecedores. Porque el arte y en la educación es como diría Wittgenstein, asumir una forma de vida.

Fabian, con este trabajo, y con todo lo que ha hecho como artista y pedagogo, y con la autoridad de ser heredero de una tradición compleja, nos invita a algo que por sencillo, parece una obviedad. Debemos aprender a tomarnos en serio. Lo digo en serio. Para ser grandes artistas y dignos maestros se requiere siempre e ineludiblemente la construcción de una mirada generosa y compleja que nos provea de los criterios, los matices, las distinciones sutiles y el rigor y la plasticidad necesarias al objeto de estudio específico y concreto del que estemos tratando. La diferencia entre algo mediocre y un trabajo sugerente, una interpretación penetrante o una intervención aguda y pertinente, surge precisamente de la capacidad de salir de los estrechos marcos que configuran las metodologías, las reglas y las generalizaciones, y saltar al incierto mundo de la creación interpretativa. Pero para ello necesitamos renovar nuestros paradigmas, el piso desde el cual afrontamos nuestra práctica.

Fabian nos invita, nos persuade, nos sugiere volvernos exigentes con nosotros mismos, en el sentido más constructivo posible. Nadia Boulanger, la eximia pedagoga músico, era muy exigente con sus famosos alumnos– en alguna ocasión llego a decirles cosas de este talante:

“No os limitéis a hacerlo lo mejor que podáis. Hacedlo mejor de lo que podéis”.

Ese debería ser nuestro slogan, el mantra personal de quienes nos dedicamos a trabajar la música. Y si se quiere este es el mensaje de la obra pedagógica de Fabian Forero Valderrama: “No nos limitemos a hacerlo lo mejor que podamos. Hagámoslo mejor de lo que podemos”.

Pero la exigencia sola es estéril, debe estar acompañada de un pacto de reciprocidad, de un mirarse a los ojos como dos seres humanos. Fabian la da la cara al joven bandolista. Parece decirle “Este trabajo anhela intercambiar lo mejor que hay en mi con lo mejor que hay en usted”. Por eso, la aprente sencillez es un pacto de confianza, una manera de animar al estudiante a que llegue a ser lo que tiene que ser, es decir, a que descubra su propio camino como ciudadano y como bandolista. Pero le entrega los estudios para que sepa que no está sólo, que antes que el ha habido gente con la misma pasión, la misma ansiedad por llegar lejos, los mismos miedos a fracasar. Si cada alumno en su singularidad hace uso de este material, como una búsqueda personal, la gran escuela de bandola que esperamos pronto tener en este país, ya habrá comenzado formalmente.

Hay otro asunto que quisiera destacar. El trabajo de un artista y un intelectual consiste en romper los estereotipos y los reduccionismos que limitan nuestro pensamiento. Este trabajo, de Fabian y el recorrido vital del autor, contribuye a que repensemos la posición de la academia frente a las músicas populares tradicionales, que han estado excluídas por el sambenito de su presunta falta de sistematización, por no tener aval de comunidades internacionales, por no ser propuestas contrastadas con la práctica académica y, todas ellas sumadas, por algo que se puede decir en una sola frase, aunque casi nunca se diga de frente: por carecer de rigor académico.



El trabajo de Fabian, que espero anime a otros colegas tiplistas, guitarristas, percusionistas, bandolistas, cuatristas, nos recuerda que ya tenemos mayoría de edad para romper el sesgo, la brecha, el abismo que hay las prácticas musicales populares y la académica. Por esto lo que hacemos esta noche es reconocer el significado vital y el ejemplo de Fabian, quien sin complejos ha puesto su recorrido vital en el empeño de pensar esa cajita que llamamos bandola, como un instrumento digno de ser estudiado, conocido, auscultado, amado y acogido como una forma de vida. Quizó ser un instrumentista, y llego a lo más alto. Como Milstein, el gran violinista, Fabian tiene pasión de relojero, se engolosina con los recursos, está siempre probando nuevas digitaciones, pensando en nuevos recursos sonoros. Esto lo ha llevado a estrenar obras del repertorio mundial en la bandola, provocando la creatividad de compositores que gracias a su sonido y calidad de interprete se animaron a escribir obras originales, colombianas, para bandola y orquesta. Saliendo a encuentros internacionales, estudiando con mandolinistas reconocidos, enfrentándose a los colegas de todo el mundo, nos ha ayudado a vencer estereotipos, a quitar esas abstracciones míticas que no nos dejan dimensionarnos y tomar en serio lo que nuestro pueblo destila musicalmente, nos ayuda a recordar y reconocer que todos somos hijos de culturas mezcladas, que nuestras sonoridades son interdependientes e híbridas. Fabian nos hace una invitación con su trabajo y nos pone un reto: traspasar las certezas, la comodidad de lo sabido y reiterado, para salir de ese paraguas que nos protege, pero nos aisla de los demás.

En ese sentido, aunque es verdad que por momentos Fabian Forero parece más un exiliado y un marginal que el maestro que debería dirigir una escuela de plectros en este país, sigue, en su aparente alejamiento siendo un referente y un faro. El es un testigo y protagonista de un proceso en el que han intervenido muchos músicos. Voy a nombrar ahora solo nombro los que primero me vienen a la cabeza: Morales Pino, Emilio Murillo, pasando por Oriol Rangel, León Cardona, Ivan Uribe, Jerónimo Velasco, Luis Uribe Bueno, Luis A. Calvo, Gentil Montaña, Fernando León, todos y cada uno de los integrantes de Nogal Orquesta de Cuerdas en sus dos etapas, los maestros de la Estudiantina Bochica, tanta gente que ha vivido el proceso de la profesionalización de esta música, que asimila lenguajes, que se abren al mundo pero sin transigir al hecho de que es una música viva con hondas tradiciones y con un anclaje vital indudable. Pero tambien me vienen a la cabeza músicos como Chopin, Liszt, Paganini, Sor, Giulliani, Legnani, Barrios, Brower, Villalobos, en fín, todos los que han trabajado el formato estudio para acercar a otros a los secretos de un instrumento.

Estamos ante el producto de un auténtico trabajador de la cultura que no quedó contento con ser un virtuoso y se formó para ser un músico. Es un músico colombiano, que no se acerca a la música en abstracto, sino a una práctica musical que tiene una historia, historia que conoce, respeta y admira. Pero una historia que también critica con autoridad. Creo que ha puesto el dedo sobre la llaga de la formación, la necesidad de dejarnos ver frente a colegas de otras latitudes, conversando sobre técnica, sobre maneras de frasear, articular, concebir una obra, etc. Pero como es hijo de la práctica, y no de las condiciones de laboratorio de la academia, no desprecia la formación propia de los nichos donde estas músicas tienen sentido. La bandola existe ligada a una manera de hacer música, Fabian lo sabe y por eso tambien ha aprendido a tocar en la bohemia, no obstante, no se encerró, sino que salió a buscar la familia de su instrumento: las primas las bandurrias, los tios laúdes españoles, el lejano domra, el hermano bandolim, etc. Y ha encontrado que la gracia es conversar sin dejar de ser lo que somos, no aspirar a dejar lo que hemos ganado, sino potenciarlo en el encuentro con lo otro diferente.

Este trabajo nos recuerda algo maravilloso, algo que personalmente me asombra siempre. La música no es una actividad desanclada. Nace en contextos y se despliega en contextos. Es histórica, por tanto hija y producto de procesos sociales más amplios. Al ser fruto de su época, tiene en su rostro las marcas de lo posible y lo pensable en un momento determinado de la historia. La música nace situada y se sitúa, es decir, se recrea en cada representación, y al hacerlo, se desprende de su matriz inicial y adquiere nuevas propiedades estéticas.

Hablando con Fabian, me decía: Es un trabajo para gente de carne y hueso. Espero que:

Un niño que este estudiando bandola en una academia que no conozco, con un profesor que tampoco conozco, que por alguna razón conozca el libro, tenga un material para decir que estudia bandola, y pueda en la reunión de la primera comunión de su hermanito, tocar dos de esos estudios antes de partir el ponqué”.

No hay aquí un asunto de facilismos, sino la complejidad de la sencillez. Hay retos, se presentan problemas técnicos, pero siempre dentro con una finalidad estética: la construcción del gusto por ciertas formas de lenguaje musical y el conocimiento a fondo del instrumento.

Por ello la forma-estudio, en su condición de obra de arte y ejercicio le permite hacer lo que debería ser siempre el objetivo de un aprendizaje: aprender jugando. Llegar a lo técnico sin renunciar al deleite estético. Juntar lo afectivo con lo racional-técnico.

No vamos a encontrar en estos estudios las búsquedas técnicas de Primeros 12 Estudios Latinoamericanos para bandola colombiana: cuya complejidad y riqueza pone los pelos de punta al bandolista más dotado.

Fabian ha buscado –con otros colegas que están aquí esta noche- redimensionar el instrumento. Lo que vamos a escuchar ahora nos va a permitir, y en eso somos privilegiados, participar de esa ceremonia, esa circunstancia única e íntima del momento en que el bandolista, solitario, frente a su sonido y sus propios fantasmas, entreteje una apuesta vital…

Vamos a ver como ese momento, íntimo, personal, confesional si se quiere, puede ser susceptible de escucharse en una sala como ésta. Como cuando leemos un diario, no hay que buscar lo excepcional, sino lo cotidiano, lo sencillo que siempre es lo más grande y lo más difícil. Estas miniaturas nos van a recordar, otra vez, que la música es un monumento al enigma del tiempo. Que es inmaterial, pero surge de la materia. Que es inmemorial, pero su tiempo es más el tiempo de la evocación y la afectación sensible que el tiempo de su efímero presente. Cuando el sonido de esas pequeñas piezas este presente, y queramos darnos cuenta, ya será pasado y mero recuerdo.

Cuenta mi admirado Steiner que un célebre profesor francés, escribió un día en la pizarra lo siguiente : “La ley más hermosa de nuestra especie es que lo que no se admira se olvida”.

Esta noche, espero que esta obra de Fabian y la audición de sus estudios nos permita admirar nuestro instrumento tan querido, la bandola, y nos regale la oportunidad de que para todos este sea un momento inolvidable

Los dejo con el Maestro Fabian Forero y su trabajo.

Muchas Gracias.