6 mar 2008

HOMENAJE A FABIAN FORERO VALDERRAMA


EL aRTE,

LA EJeCUCIÓN

Y eL ESTuDIO

dE LA BANDoLA

En

FABIáN FoRErO VALDERrAMA

Palabras pronunciadas por Eliecer Arenas Monsalve
durante el lanzamiento de los Diez Estudios Caprichos
para Bandola Andina Colombiana.
Universidad El Bosque. Febrero 2008.

Estoy muy agradecido con la invitación que me ha hecho Fabian y por la oportunidad de encontrarme con tanta gente vinculada a la música. Es muy emocionante porque el momento que vive la música en el país demanda con urgencia que quienes en algun sentido estamos en contacto con ella, o la disfrutamos, hagamos lo posible por tratar de entender lo que está pasando.

Cuando me invitó, me hizo ver su preocupación por hacer conciencia de la necesidad de juntarnos como gremio que hace la cultura musical del país. Coincido plenamente con él: debemos trabajar para dejar el faccionamiento, para dejar el aislamiento que nos condena a ser una fuerza marginal.

Quizás Fabian haya querido que esté aquí, también, porque soy un convencido que sólo juntando esfuerzos es posible iniciar un proyecto de futuro convocante y promisorio para los músicos de este país. Tengo claro que sólo recuperando críticamente la historia que nos ha traído hasta aquí, tendremos la mente clara para pensar el futuro. Sólo volviendo los ojos a la realidad de la música y la educación musical colombiana y preguntándonos de verdad cuál debe ser nuestro aporte, podremos lograr que la vida artística y académica florezca. Pero para poder asumir ese reto debemos aprender a reconocernos, a complementarnos unos con otros, como facultades, como colegas, como practicantes del mismo o de diferente género musical. Necesitamos dejar de ignorarnos.

En este momento, mirándonos de frente y a los ojos, Fabian Forero nos ofrece un marco de encuentro. Un punto de encuentro muy valiente: su propio trabajo. Escribir una serie de estudios es tomar partido y exponerse. Porque pontificar en el vacío es muy fácil, pero dejar memoria de las formas como se conciben los asuntos que les atañen a todos es otra cosa. Él sabe bien que sólo apostando, escribiendo, grabando, publicando, asistiendo a foros, se garantiza que los debates se hagan en términos constructivos y se aporta.


Digo que Fabian es muy valiente porque, como lo sabe cualquier creador, en cualquier género, ensayo, poesía, música, pedagogía, la obra lo refleja a uno inevitablemente. Por eso, quizás en este abrebocas tenga que referirme a algunos aspectos de la biografía y de la trayectoria académica y artistica del autor. Quisiera que advirtieran que la noción misma de trayectoria resulta muy relevante porque sugiere precisamente la necesidad de mostrar de dónde se viene, qué caminos se han tomado y hacia dónde conducen o se espera que conduzcan los pasos dados. Es, si se quiere, un mapa que permite asumir, en su propia lógica, el recorrido de quien se ha sentido con la obligación de tener un punto de vista sobre las cosas de la música y del papel del artista en el país. Un punto de vista, provisional, siempre móvil y abierto a mejores argumentos, pero un punto de vista propio.

Fabian con esta invitación nos ha recordado que quizás estamos en mora de reconocer franca y abiertamente que las músicas populares son complejos mundos que tienen sus propias formas de trabajo y su propias aproximaciones estéticas y pedagógicas. Las músicas populares requieren un trasfondo conceptual distinto, una epistemología de la práctica que le de un terreno seguro y unos supuestos pedagógicos que la ayuden a clarificar su singularidad.

Debemos comenzar a admitir que los músicos populares presentan rasgos peculiares que muchos prejuicios no nos han permitido valorar suficientemente. Un rasgo fundamental y quizás definitorio de su forma de relacionarse con la música, es que los músicos que trabajan las músicas tradicionales y populares son fundamentalmente músicos prácticos, aunque algunos de ellos cuenten con formación académica.

Tenemos que enfrentar los prejuicios de una larga tradición que nos fuerza a ver el conocimiento con un sesgo grande a favor de la contemplación teórica, es decir, al saber desligado del saber hacer. La vida y la formación de Fabian Forero Valderrama –músico surgido de la escuela de la práctica, del hacer- es la trayectoria de un espiritu libre que ha ido asumiendo ese bagaje en relación con otras tradiciones populares y/o académicas.


Por eso la invitación de esta noche tiene un sentido profundamente humano, no sólo artístico o musical. Permítanme sugerir algunas cosas que este trabajo que hoy lanzamos nos revela.

En primer término, demuestra que el recorrido vital de Fabian Forero refleja un amor innegociable por la música y por la bandola, que ha sido la principal directriz, el norte permanente, y como el lo sabe ahora mejor que nunca, la brújula en los momentos de confusión.

En las condiciones objetivas del trabajo musical en el país es casi milagroso que estemos reunidos lanzando este trabajo. Siempre me ha parecido extraño el olvido que tiene en la formación musical, el estudio de las necesidades musicales que tenemos en el país, pero no las necesidades de los músicos y sus egos, sino del país, ese complejo mundo que no aprendemos a entender y que quizás, aprendemos a mirar con desdén cuando no francamente con desprecio. La necesidad de pensar el trabajo musical, y los escenarios y las condiciones en que se dan las practicas musicales en Colombia, requiere que pensemos en cosas humanas, demasiado humanas, tales como recursos con los que disponemos, el salario, el respaldo institucional, el ambiente de trabajo, las posibilidades formación continúa, los estímulos, la vida académica, el intercambio con otros colegas, las posibilidades de asenso social, las posibilidades de hacer conciertos, recitales, etc.

Debemos conocer el contexto, ya es el primer paso para educar no sólo con rigor, sino con pertinencia. Despreciar el país, no quererlo ver y soñar –equívocamente- con nuestra presunta superioridad hace que equivoquemos los modelos de formación que nos convienen como país. Debemos conocer a fondo la historia, las necesidades particulares, los recursos musicales, las apuestas estéticas, los diversos modos de vida, las poéticas, las temáticas que tienen todas y cada una de las prácticas musicales que hay en el país. O si no, ¿con quien contamos para alcanzar nuestros sueños de vidas artíticas plenamente realizadas?. Debemos dejar de ver esto como un asunto individual de "sálvese quien pueda", ni de "aprenda a tocar mejor que su vecino".

Se trata, más bien, de trabajar juntos, hombro a hombro, por conocer y mejorar las condiciones de sostenibilidad de las prácticas musicales en el país. Educar el público es en este sentido, la principal tarea. Hay que poner a muchos a jugar fútbol, para que salga un Maradona. Este esfuerzo editorial es una manera de hacer una cultura de la bandola: poner a rodar referentes para que los estudiantes conozcan las formas de llegar a los Maradonas de la Bandola: Diego Estrada, Ernesto Sanchez, Fernando León, Jesús Zapata, Jairo Rincón, Manuel Bernal, Diego Estrada, Diego Saboya y el propio Fabian. Nuestros maradonas, quienes nos han enseñado a soñar con la perfección.


Yo creo que engañamos a nuestros estudiantes cuando no les hacemos ver que hacer música, teatro, danza o artes plásticas, visuales o digitales, implica no sólo un formidable manejo técnico de los pormenores de cada disciplina. Debemos conocer en profundidad la complejidad de los contextos donde queremos poner en juego nuestros proyectos de vida. Y eso es complejo. Meterse en el arte es entrar en lo que Foucault ha llamado, prácticas de sí, es decir, prácticas donde el principal objeto de estudio es uno mismo. Meterse en el arte, y aquí incluyo la dimensión artística de la pedagogía, requiere un gran trabajo sobre sí mismo, un laborioso trabajo de auto-artesanía, un paciente comprender la propia complejidad y las posibilidades estéticas y expresivas de esa complejidad. Desde ese conocimiento propio es que podemos trabajar para que las condiciones de sostenibilidad de las prácticas musicales se den. Pensamos en ser los mejores virtuosos y no queremos ver el país que tenemos al frente, un país que requiere ser educado: hay que educar, con sensibilidad y paciencia, a los políticos, debemos participar de las decisiones que atañen a nuestro trabajo; debemos educar a los gestores, que se olvidan de ofrecer condiciones dignas de trabajo; hay que educar las universidades, para que entiendan la especificidad de la academica cuando se trata de música y arte….mejor no sigo……tenemos que reeducar nuestro propio pensamiento sobre la música y su papel en el país.

Para ello se requiere una tenacidad espartana. Sabemos bien que se necesita algo más que talento para llegar a ser un virtuoso, un gran artista o un inolvidable maestro. Hacerse una carrera como artista, por ejemplo, implica posicionarse en un campo, entrar plenamente en él, asumir las consecuencias, gravitar en torno de sus dinámicas. Es vivir, respirar, mirar, oler, sudar, tocar, ver el mundo como algo susceptible de ser tratado estéticamente. Hacer arte es entrar a jugar un juego vitalmente comprometido. En ese sentido, Fabian es de la estirpe de músicos hechos por la práctica, en las condiciones del campo, no de las condiciones de laboratorio de la academia, pero que ha hecho uso sistemático y riguroso de sus aportes.

El problema de fondo es serio y va más allá de una crítica superficial al modelo educativo. Sugiere la necesidad de empoderarnos como comunidad académica y como comunidad de agentes culturales. Creo que quienes trabajamos alrededor de la música sólo nos podemos llenar de poder, de la sensación vibrante de poder-ser, de poder-hacer, de poder-desplegarnos, exigiéndonos una cambio de actitud y de paradigma. Fabian es un ejemplo, uno entre tantos de este país, que se propuso la utopía de ser un concertista en un país que no ofrece escenarios de conciertos. Con el agravante de ser concertista de un instrumento sin prestigio para alcanzar tal rol. Y lo logró en lo concerniente a su apuesta vital, pero las condiciones culturales no están dadas para ser un bandolista recorriendo el mundo haciendo conciertos.




El mundo musical es un mundo muy competido, muchas circunstancias –las condiciones laborales especialmente- atentan contra la posibilidad de ser un músico de nivel internacional. Pero parte del encanto y el peligro de los sueños es que son inciertos, son irrealidades que nos ayudan a formatear la realidad. Permítanme poner un ejemplo trivial: La irrealidad del viaje que tengo pensado en diciembre, condiciona mi realidad porque me obliga a organizarme, a ahorrar, a no tener compromisos para esos días, a agendar esas semanas con mi novia, a asegurarme que haya pasajes, etc. Si las irrealidades condicionan la realidad en esas cosas nimias, con mayor razón cuando los sueños llegan a tener el tamaño de un proyecto de vida. Los sueños son incertidumbres. Quien solo quiere certezas esta condenado a repetirse, a morirse de tedio, a ver cada día más gris la realidad.

Por eso ciertamente me parece preocupante que en la educación musical ya nadie hable de imaginación ni fantasía, y con ello mundo de la música y el de su enseñanza se ha empobrecido. Basta con mirar el vocabulario de la enseñanza artística para darse cuenta que está muriendo de inanición porque le hace falta el alimento de la metáfora, la ensoñación poética y la imaginación. Las formas de análisis, cada vez más precisas, técnicas y sofisticadas, nos han acercado a la idea de explicación científica y nos insufla su euforia: todo tiene su explicación, todo tiene un modelo subyacente, todo tiene una forma prefigurada, todo tiene su génesis en unas matrices racionales, todo tiene su estructura subyacente. La creación ahora es mero oficio; de ser considerada un lugar para la intuición, se ha vuelto mera técnica; el aprendizaje, antes ligado a la asimilación de una forma de vida, ha degenerado en mera didáctica.


Quizás hemos olvidado que la comprensión artística es compromiso empático, es afección, es trascendencia, es ir más allá de lo evidente, es encontrar el alma en la materia artística, y jugarse el alma en apropiarla.

Se que esto es polémico.

Pero no hay que alarmarse, por supuesto, esta no es una invitación al abandono de la razón ni es un llamado a la falta de rigor, tan sólo quisiera recordar que el rigor en el arte también se llama pasión. Quisiéramos ver que regresa a la música su dimensión poética, y, sobre todo re-sensibilizar su pedagogía. Necesitamos una razón sentiente, una razón sensible,o quizás, sencillamente, una sensibilidad más razonable.

Sin ideas estéticas, sin formación de sensibilidades estéticas, no hay música posible, sólo mecánica virtuosa y fanfarronería exhibicionista. Necesitamos con urgencia un nuevo léxico para referirnos al arte y sus procesos.

Necesitamos un lenguaje capaz de volver a nombrar las cosas por su nombre. Necesitamos una estrategia que recuerde que no hay método; que el dar cuenta del arte tiene que ver también con procesos inconcientes, con vivencias traídas a los objetos artísticos que así, quedan convertidos en pretextos, en ocasiones de simpatía existencial humana. Hay que dejar los complejos, la sensibilidad y el juego, tienen un status tan cognitivo como la creación de modelos algorítmicos.

Hacer poesía requiere tanta competencia cognitiva como resolver ecuaciones.

Por eso no hay que tener vergüenza de decir que necesitamos una educación musical que eduque la sensibilidad y la razón sensible . Aprender música es aprender a hacer de pactos con el sonido, en función de los cuales, el músico y la materia sonora, se co-crean reciproca e interminablemente. Yo me hago haciendo el sonido que me hace…en un bucle que se alimenta, como una serpiente mordiéndose la cola.

Estamos en mora de sentarnos a pensar la educación musical como nos ensañaron los alquimistas y como nos enseñan muchas músicas populares. Los alquimistas nos enseñaron, hace ya mucho tiempo, a usar materiales vivos y a manipularlos, pero al hacerlo, al mismo tiempo, esos hombres y mujeres trabajaban sobre sí mismos, cincelaban su propia psique. No debemos olvidarlo: el arte es experiencia de autocreación, en el mas profundo sentido, creación de nosotros mismos.

Los más grandes músicos, han sido grandes, en parte, por lograr entender que las obras musicales son organismos vivos a lo que hay que acercarse atendiendo su singularidad. Se acercan con conocimientos pero sin la erudición que roba la emoción y la sorpresa. Cuando uno se acerca al mundo sin la pretensión de verificar un modelo que tiene previamente en su cabeza, se hace merecedor de la transparencia de las obras; nos acercamos al misterio de su totalidad, logramos entender que cada parte de una obra cobra vida por el sentido de la totalidad, que en su individualidad cada parte nos invita, nos provoca, nos sugiere la forma como debemos tratarla para darle sentido al todo. La singularidad de eso otro que es la obra, obra por la singularidad nuestra. Por eso conocernos nos hace mejores artistas. Es como un pacto: los estudios que Fabian presenta, son ocasiones felices para este ejercicio, para hacer un pacto, "conozcase mientras conoce la bandola", "hágase artista mientras se apropia de la técnica", "en todos los casos recuerde que el único dios tutelar es el sonido".

Quizás por eso arte es inconforme. Siempre se renueva, siempre plantea otra cosa. En el arte no hay evolución, pero esta lleno de cambios, de nuevas alternativas que no obstante, no deja obsoletas las más antiguas, por eso tenemos clásicos. Todos los géneros artísticos y todas las épocas tienen sus clásicos, sus obras canónicas, sus referentes tutelares, aquellos que siguen rejuveneciendo con el paso del tiempo, aquellas obras que siguen hablando desde su época y sus circunstancias a nuestros corazones, que son de todas las épocas y circunstancias, por el hecho de ser humanas en pleno sentido.

Necesitamos una pedagogía del arte que permita, proponga y aliente a manifestar creativamente nuestro inconformismo, y a expresarlo en forma de creaciones, obras, recursos pedagógicos, formas de acción política y sobre todo, revolucionando nuestra manera de asumir la propia formación. Por eso con frecuencia el arte es manifestación de inconformismo, pero no sólo es desahogo ni catarsis, sino que aspira a ser propuesta, como los estudios que hoy lanza Fabian para hacer crecer la imaginación musical de este país. Es un granito de arena que aspira a ser terreno común para juntarnos en la idea de hacer de la música y del arte de la enseñanza de la música, algo por lo que valga la pena vivir nuestras vidas. Estos trabajos, en su sencillez, pero en toda su profundidad, nos invitan a pensar la urgencia de una pedagogía de la música que supere los reduccionismos que la quieren convertir en discusión curricular, mera metodología, mera ingeniería educativa. Esos reduccionismos son limitantes, castrantes y empobrecedores. Porque el arte y en la educación es como diría Wittgenstein, asumir una forma de vida.

Fabian, con este trabajo, y con todo lo que ha hecho como artista y pedagogo, y con la autoridad de ser heredero de una tradición compleja, nos invita a algo que por sencillo, parece una obviedad. Debemos aprender a tomarnos en serio. Lo digo en serio. Para ser grandes artistas y dignos maestros se requiere siempre e ineludiblemente la construcción de una mirada generosa y compleja que nos provea de los criterios, los matices, las distinciones sutiles y el rigor y la plasticidad necesarias al objeto de estudio específico y concreto del que estemos tratando. La diferencia entre algo mediocre y un trabajo sugerente, una interpretación penetrante o una intervención aguda y pertinente, surge precisamente de la capacidad de salir de los estrechos marcos que configuran las metodologías, las reglas y las generalizaciones, y saltar al incierto mundo de la creación interpretativa. Pero para ello necesitamos renovar nuestros paradigmas, el piso desde el cual afrontamos nuestra práctica.

Fabian nos invita, nos persuade, nos sugiere volvernos exigentes con nosotros mismos, en el sentido más constructivo posible. Nadia Boulanger, la eximia pedagoga músico, era muy exigente con sus famosos alumnos– en alguna ocasión llego a decirles cosas de este talante:

“No os limitéis a hacerlo lo mejor que podáis. Hacedlo mejor de lo que podéis”.

Ese debería ser nuestro slogan, el mantra personal de quienes nos dedicamos a trabajar la música. Y si se quiere este es el mensaje de la obra pedagógica de Fabian Forero Valderrama: “No nos limitemos a hacerlo lo mejor que podamos. Hagámoslo mejor de lo que podemos”.

Pero la exigencia sola es estéril, debe estar acompañada de un pacto de reciprocidad, de un mirarse a los ojos como dos seres humanos. Fabian la da la cara al joven bandolista. Parece decirle “Este trabajo anhela intercambiar lo mejor que hay en mi con lo mejor que hay en usted”. Por eso, la aprente sencillez es un pacto de confianza, una manera de animar al estudiante a que llegue a ser lo que tiene que ser, es decir, a que descubra su propio camino como ciudadano y como bandolista. Pero le entrega los estudios para que sepa que no está sólo, que antes que el ha habido gente con la misma pasión, la misma ansiedad por llegar lejos, los mismos miedos a fracasar. Si cada alumno en su singularidad hace uso de este material, como una búsqueda personal, la gran escuela de bandola que esperamos pronto tener en este país, ya habrá comenzado formalmente.

Hay otro asunto que quisiera destacar. El trabajo de un artista y un intelectual consiste en romper los estereotipos y los reduccionismos que limitan nuestro pensamiento. Este trabajo, de Fabian y el recorrido vital del autor, contribuye a que repensemos la posición de la academia frente a las músicas populares tradicionales, que han estado excluídas por el sambenito de su presunta falta de sistematización, por no tener aval de comunidades internacionales, por no ser propuestas contrastadas con la práctica académica y, todas ellas sumadas, por algo que se puede decir en una sola frase, aunque casi nunca se diga de frente: por carecer de rigor académico.



El trabajo de Fabian, que espero anime a otros colegas tiplistas, guitarristas, percusionistas, bandolistas, cuatristas, nos recuerda que ya tenemos mayoría de edad para romper el sesgo, la brecha, el abismo que hay las prácticas musicales populares y la académica. Por esto lo que hacemos esta noche es reconocer el significado vital y el ejemplo de Fabian, quien sin complejos ha puesto su recorrido vital en el empeño de pensar esa cajita que llamamos bandola, como un instrumento digno de ser estudiado, conocido, auscultado, amado y acogido como una forma de vida. Quizó ser un instrumentista, y llego a lo más alto. Como Milstein, el gran violinista, Fabian tiene pasión de relojero, se engolosina con los recursos, está siempre probando nuevas digitaciones, pensando en nuevos recursos sonoros. Esto lo ha llevado a estrenar obras del repertorio mundial en la bandola, provocando la creatividad de compositores que gracias a su sonido y calidad de interprete se animaron a escribir obras originales, colombianas, para bandola y orquesta. Saliendo a encuentros internacionales, estudiando con mandolinistas reconocidos, enfrentándose a los colegas de todo el mundo, nos ha ayudado a vencer estereotipos, a quitar esas abstracciones míticas que no nos dejan dimensionarnos y tomar en serio lo que nuestro pueblo destila musicalmente, nos ayuda a recordar y reconocer que todos somos hijos de culturas mezcladas, que nuestras sonoridades son interdependientes e híbridas. Fabian nos hace una invitación con su trabajo y nos pone un reto: traspasar las certezas, la comodidad de lo sabido y reiterado, para salir de ese paraguas que nos protege, pero nos aisla de los demás.

En ese sentido, aunque es verdad que por momentos Fabian Forero parece más un exiliado y un marginal que el maestro que debería dirigir una escuela de plectros en este país, sigue, en su aparente alejamiento siendo un referente y un faro. El es un testigo y protagonista de un proceso en el que han intervenido muchos músicos. Voy a nombrar ahora solo nombro los que primero me vienen a la cabeza: Morales Pino, Emilio Murillo, pasando por Oriol Rangel, León Cardona, Ivan Uribe, Jerónimo Velasco, Luis Uribe Bueno, Luis A. Calvo, Gentil Montaña, Fernando León, todos y cada uno de los integrantes de Nogal Orquesta de Cuerdas en sus dos etapas, los maestros de la Estudiantina Bochica, tanta gente que ha vivido el proceso de la profesionalización de esta música, que asimila lenguajes, que se abren al mundo pero sin transigir al hecho de que es una música viva con hondas tradiciones y con un anclaje vital indudable. Pero tambien me vienen a la cabeza músicos como Chopin, Liszt, Paganini, Sor, Giulliani, Legnani, Barrios, Brower, Villalobos, en fín, todos los que han trabajado el formato estudio para acercar a otros a los secretos de un instrumento.

Estamos ante el producto de un auténtico trabajador de la cultura que no quedó contento con ser un virtuoso y se formó para ser un músico. Es un músico colombiano, que no se acerca a la música en abstracto, sino a una práctica musical que tiene una historia, historia que conoce, respeta y admira. Pero una historia que también critica con autoridad. Creo que ha puesto el dedo sobre la llaga de la formación, la necesidad de dejarnos ver frente a colegas de otras latitudes, conversando sobre técnica, sobre maneras de frasear, articular, concebir una obra, etc. Pero como es hijo de la práctica, y no de las condiciones de laboratorio de la academia, no desprecia la formación propia de los nichos donde estas músicas tienen sentido. La bandola existe ligada a una manera de hacer música, Fabian lo sabe y por eso tambien ha aprendido a tocar en la bohemia, no obstante, no se encerró, sino que salió a buscar la familia de su instrumento: las primas las bandurrias, los tios laúdes españoles, el lejano domra, el hermano bandolim, etc. Y ha encontrado que la gracia es conversar sin dejar de ser lo que somos, no aspirar a dejar lo que hemos ganado, sino potenciarlo en el encuentro con lo otro diferente.

Este trabajo nos recuerda algo maravilloso, algo que personalmente me asombra siempre. La música no es una actividad desanclada. Nace en contextos y se despliega en contextos. Es histórica, por tanto hija y producto de procesos sociales más amplios. Al ser fruto de su época, tiene en su rostro las marcas de lo posible y lo pensable en un momento determinado de la historia. La música nace situada y se sitúa, es decir, se recrea en cada representación, y al hacerlo, se desprende de su matriz inicial y adquiere nuevas propiedades estéticas.

Hablando con Fabian, me decía: Es un trabajo para gente de carne y hueso. Espero que:

“Un niño que este estudiando bandola en una academia que no conozco, con un profesor que tampoco conozco, que por alguna razón conozca el libro, tenga un material para decir que estudia bandola, y pueda en la reunión de la primera comunión de su hermanito, tocar dos de esos estudios antes de partir el ponqué”.

No hay aquí un asunto de facilismos, sino la complejidad de la sencillez. Hay retos, se presentan problemas técnicos, pero siempre dentro con una finalidad estética: la construcción del gusto por ciertas formas de lenguaje musical y el conocimiento a fondo del instrumento.

Por ello la forma-estudio, en su condición de obra de arte y ejercicio le permite hacer lo que debería ser siempre el objetivo de un aprendizaje: aprender jugando. Llegar a lo técnico sin renunciar al deleite estético. Juntar lo afectivo con lo racional-técnico.

No vamos a encontrar en estos estudios las búsquedas técnicas de Primeros 12 Estudios Latinoamericanos para bandola colombiana: cuya complejidad y riqueza pone los pelos de punta al bandolista más dotado.

Fabian ha buscado –con otros colegas que están aquí esta noche- redimensionar el instrumento. Lo que vamos a escuchar ahora nos va a permitir, y en eso somos privilegiados, participar de esa ceremonia, esa circunstancia única e íntima del momento en que el bandolista, solitario, frente a su sonido y sus propios fantasmas, entreteje una apuesta vital…

Vamos a ver como ese momento, íntimo, personal, confesional si se quiere, puede ser susceptible de escucharse en una sala como ésta. Como cuando leemos un diario, no hay que buscar lo excepcional, sino lo cotidiano, lo sencillo que siempre es lo más grande y lo más difícil. Estas miniaturas nos van a recordar, otra vez, que la música es un monumento al enigma del tiempo. Que es inmaterial, pero surge de la materia. Que es inmemorial, pero su tiempo es más el tiempo de la evocación y la afectación sensible que el tiempo de su efímero presente. Cuando el sonido de esas pequeñas piezas este presente, y queramos darnos cuenta, ya será pasado y mero recuerdo.

Cuenta mi admirado Steiner que un célebre profesor francés, escribió un día en la pizarra lo siguiente : “La ley más hermosa de nuestra especie es que lo que no se admira se olvida”.

Esta noche, espero que esta obra de Fabian y la audición de sus estudios nos permita admirar nuestro instrumento tan querido, la bandola, y nos regale la oportunidad de que para todos este sea un momento inolvidable

Los dejo con el Maestro Fabian Forero y su trabajo.

Muchas Gracias.

15 dic 2007

TRIO NUEVA COLOMBIA



La música de Germán Darío Perez y el Trío Nueva Colombia

Por: Eliecer Arenas Monsalve


Publicado como texto anexo al disco del TRIO NUEVA COLOMBIA 20 AÑOS: EL ARTE DE LA MEMORIA. Bogotá, Colombia.2007


“El valor estético surge de la memoria, y también del dolor,
el dolor de renunciar a placeres más cómodos a favor
de otros mucho más difíciles”
Harold Bloom
[1]

Antes de empezar a leer haga clic en este link para escucharlos:
http://www.myspace.com/trionuevacolombia

“Escribir sobre música es como bailar sobre arquitectura[2]”. Con esas palabras el legendario pianista Thelonius Monk afirmaba la estrechez de la mediación de la palabra escrita frente a la inconmensurabilidad de la escucha musical.

El controvertido maestro del be-bop tenía razón: hay ciertas músicas que, en efecto, nos sobrepasan siempre y nos obligan a oírlas con los ojos del alma. Músicas que desbordan nuestra capacidad de hallarles un nicho en el lenguaje que permita explicarlas, músicas que nos dejan a merced del asombro, en la soledad del enfrentamiento cara a cara con la verdad del artista y su sonido. Porque toda gran obra nos deja fatalmente desnudos frente a nosotros mismos. Lo fascinante es que cuando aflora el sentimiento, el recuerdo, la sensación, la idea, el pensamiento o cuando la obra queda revoloteando como una mariposa en nuestro interior, esos sonidos y esas imágenes pasan a convertirse en materia prima de nuestra propia existencia, entran a formar parte de nuestra savia y nuestra historia.

El encuentro con las músicas, como con las personas, casi siempre es fortuito. Quizás se trate, como cree un amigo mío, de que uno no escoge las músicas que oye o interpreta, sino que es escogido por ellas. Puedo suponer que si el lector está ante este texto en este momento, por alguna razón ha tenido la suerte de haber sido escogido por la música del Trío Nueva Colombia. No exagero. La gran música se distingue precisamente por su capacidad de convocar y propiciar la abundancia de sensaciones y vivencias, pero sobre todo, por lograr que además del goce de su estructura, su capacidad emotiva o su riqueza temática o tímbrica, sea capaz de afectarnos, sepa quedarse inscrita en nuestros cuerpos.


Es sabido que el asombro en la música puede surgir de la novedad, la coherencia formal, la fuerza interpretativa, la convicción estética, el despliegue de talento y calidad musical o por el fuego del virtuosismo. Quienes han escuchado el Trío Nueva Colombia saben que las cualidades citadas, sumadas a la sensación de placidez, naturalidad, fluidez, claridad conceptual, sobriedad emotiva y, por sobre todo, la elegancia de su discurso musical, no se pueden describir sino empleando la expresión que los flamencos llaman duende y nosotros reconocemos como magia. En efecto, cuando la música de Germán Darío Pérez[3] es interpretada por el Trío Nueva Colombia somos testigos del milagro: pasado y porvenir, lo campesino y lo urbano, lo nuestro y lo universal, se juntan de un modo inquietante, creando algo que sólo puede nombrarse con una palabra de noble prestigio: belleza.

La obra de GDP surge en el ambiente de la música para piano en un momento muy difícil de su historia. La ausencia de Oriol Rangel, que marcara de forma indeleble la historia de la música andina colombiana cuando todavía era considerada la música nacional, había dejado la misma sensación que comportó la partida de Pelé de la selección brasileña de fútbol: orfandad, desconcierto y una importante estela de imitadores.



Después de la descomunal energía vital invertida por el maestro pamplonés en hacer antologías musicales de Colombia, interpretar en vivo durante más de 25 años composiciones de músicos que le hacían llegar sus trabajos para que los tocara en sus legendarios programas de Radio Santafé y Nueva Granada, de crear una obra para piano de considerable calidad y, sobre todo, después de defender a capa y espada, casi hasta el paroxismo, su idea del carácter sagrado de la música nacional, su partida dejó un vacío enorme.

¿Desea escuchar un poco, el maravilloso mundo de la radio de antaño? Conéctese a este link:

Pese a su formidable trabajo como difusor de una forma de hacer música andina de la que Oriol, sin duda, es la referencia central, el organista antioqueño, compañero y discípulo de Rangel, Jaime Llano Gonzales logró que en la memoria del país estuviera siempre presente, con nostalgia, la sonoridad de Oriol, indisolublemente ligada a los martillos, los fieltros y el mecanismo del piano. Sólo el trabajo de dos pianistas, ambas mujeres, se encargó de darle vida, en parte, a esa herencia musical con sendas carreras centradas en la interpretación de la música colombiana. Ruth Marulanda y Teresita Gómez, ambas por razones diversas unidas por el destino a la historia del maestro Rangel, han sido, y siguen siendo, referentes centrales como difusoras y recreadoras de ese legado[4].Otro artista clave fue Manuel J. Bernal, intérprete destacado y compositor inquieto, cuyas búsquedas expresivas en su momento incomprendidas pero sumamente influyentes, abrieron nuevas líneas de trabajo y remozaron la sonoridad de la música andina.


No obstante, puede decirse que hasta la llegada de GDP, la música andina colombiana compuesta desde el piano y para el piano, estaba prácticamente abandonada. Los pocos intentos que hubo, presos de los paradigmas impuestos por Rangel o de gratuitos modernismos de cuño academicista, no lograron dar el salto a una nueva era. En general se trató de esfuerzos aislados, de meros esbozos y borradores que estuvieron lejos de constituir un lenguaje nuevo que llegarA a ser la esperada obra de referencia para el siglo siguiente.

Iniciado en la música desde muy temprano en un nicho familiar donde Quelito, su mamá, cultivó entre juegos y mimos su amor entrañable por la música y sus dotes de artista, Germán fue dándose cuenta que aunque su mano siempre parecía pequeña ante las posibilidades técnicas del instrumento, su sonido despertaba interés en sus maestros y que su musicalidad le permitía apropiarse de las secretas sutilezas de la música, de aquellos pequeños detalles que diferencian a un artista de un mero ejecutante.

Marcado por referencias múltiples, como es lo obvio tratándose de un niño de clase media bogotana de final del siglo XX, Germán Darío, fue tomando lentamente conciencia de “la música colombiana” por la influencia de sus tíos y parientes que cantaban y tocaban bambucos, guabinas y pasillos en reuniones familiares, al tiempo que se solazaba, influenciado por sus hermanas mayores, con las sonoridad de los Bee Gees, la Electric Light Orquestra, Billy Joel y otros artistas internacionales del momento. Aún no había llegado a su vida el ingrediente que en adelante sería la fuente de sus mayores satisfacciones y su tormento: la necesidad de crear. Para ello se necesitó la confluencia de dos circunstancias.

La primera fue el encuentro una tarde cualquiera, con un disco del Nocturnal Colombiano, del Maestro Oriol Rangel, que Germán escucha primero con cierto desdén, y que luego, al volver sobre él y permitirse percibir sus colores, su aroma campesino y su elegancia, lo deja, sin saberlo, atado a la sonoridad de ese piano, a ese touche lleno de convicción, fuerza y ternura, a esa sencillez que refleja la grandeza[5].

La segunda circunstancia es que, mientras incorpora esa herencia mediante el trabajo crucial con la maestra Ruth Marulanda en la Academia Cristancho, un reto de su hermana – ¿a que no es capaz de componer?- le permite descubrir el manantial de creatividad que dormía en su interior. Y lo que comenzó siendo un juego, terminó siendo una vocación, una opción de vida y el comienzo de sus hábitos de artesano de lo sonoro: hacer esbozos, tantear con acordes, con figuras, con motivos. Luego volver sobre ellos, ampliarlos, recrearlos, dejarlos reposar, retomarnos, transformarlos…es decir, todo lo que implica el contacto permanente, fluido e incansable con la materia sonora.

El trabajo diario, paciente y solitario en el piano le fue devolviendo en recompensa unas obras que comenzaban a sonar poco a poco diferente. Encuentra que su trabajo, aunque lleno de referencias, tiene sus huellas digitales. La emoción de encontrar el embrión de su propio lenguaje, el aprovechamiento de su bagaje como pianista y su formación como músico académico, le permitió echar a volar esas pequeñas primeras piezas en diferentes concursos nacionales de composición, donde muchas de ellas fueron galardonadas.

Germán Darío parece coincidir con Duke Ellington en la convicción de que una sonoridad plena sólo se consigue con el trabajo continuo durante muchos años con la misma nómina de músicos. Germán, en general, no toca ni graba, salvo invitaciones especiales y esporádicas, con nadie distinto del tiplista Ricardo Pedraza y el contrabajista Mauricio Acosta. En esta época de músicos free lance, que van y vienen de un proyecto a otro, el Trío Nueva Colombia, representa de cierta manera, una forma de hacer música que apuesta por la maduración artística de sus integrantes en el proceso de construir, juntos, hombro a hombro, el proyecto musical que los convoca. El equilibrio tímbrico, la disposición de los acordes entre los tres instrumentos, la gama de colores que obtienen, la dinámica, la calidez de su interpretación, el ajuste, la afinación y la perfecta armonía del conjunto los ha convertido en paradigmáticos. Como un día lo fue para el jazz el trio de Bill Evans, Germán Darío ha hecho de su grupo y de su obra una referencia insoslayable para la creación musical actual.

Mi propio trabajo de investigación ha mostrado la trascendencia de esa afirmación. Más de cuarenta entrevistas a algunos de los más destacados compositores, instrumentistas e investigadores en los últimos veinte años, me permiten afirmar que GDP es un referente insustituible de la música colombiana de cualquier género. La razón es clara: en una época donde hay tanto tanteo gratuito, donde los músicos se acercan a las tradiciones como si se tratara de escoger ciertos rasgos ad hoc de un menú de elementos musicales, donde se pretende fusionar lo que no se conoce a fondo, donde muchos creen que un viaje turístico por una tradición basta para sonar “auténticos”, el trabajo del Trío Nueva Colombia, y en particular, la obra de GDP señala un programa de trabajo para las nuevas generaciones, ya que apuesta por una ética del trabajo musical que implica la necesidad de entender que ser músico es asumir una forma de vida y que pertenecer a una tradición es dialogar incesantemente desde el pasado, sin necesidad de fetichizarlo, con las necesidades, apuestas e intereses estéticos del presente.

Para los amantes de la música colombiana andina, la música de GDP es un reencuentro con la potencia de la tradición andina urbana contemporánea, para los melómanos de todos los géneros y todas las generaciones es la oportunidad de tener un disco que como el anterior, será un clásico de la música latinoamericana para piano, y para el país, la oportunidad de contar con una obra que le da cuerpo, mediante un trabajo artístico, a esa Colombia nueva que tarda tanto en hacerse realidad.

Por eso, este C.D se puede recomendar como bálsamo o como conjuro, como amuleto para enfrentarse a la soledad o a molinos de viento; puede prescribirse para convocar el amor o para aquellos momentos en que estemos enfrentados en soledad a las preguntas y las sombras que nos deja la cotidianidad. Libertaria, pasional, melancólica, esperanzada, triunfal, enigmática o simplemente inquietante, la música de Germán nos invita a la introspección y al encuentro con el otro.


Aunque es verdad que el lenguaje parece insuficiente para expresar el universo de la música, hay sonoridades que nos invitan a salirnos de nosotros mismos y nos obligan a ir a contar la experiencia. Eso explicaría las tertulias y conversaciones apasionadas que se dan alrededor del mundo tratando de explicar la magia de Glenn Gould en las Variaciones Goldberg (escúchelo aqui: http://video.google.com/videoplay?docid=-6984208089899995423), el sonido de las bandolas del grupo Cuatro Palos, la importancia de la guitarra en las músicas populares del mundo, el sonido etereo que produce la trompeta con sordina y sin vibrato de Miles Davis, la fuerza de la tradición en Billie Holiday o Toto la Momposina, la magia de un Intermezzo de Calvo, una canción tikuna, un alabao chocoano, una miniatura de Erik Satie o la sonoridad poética de un cuarteto de Bartók. Pareciera que una de las motivaciones de los humanos para hacer música y disfrutarla fuera el gusto que nos produce hablar de ella.

Como pasó en su momento con la música de Joao Gilberto, Paco de Lucía o Piazzolla, la música de GDP es una música que fascina a quien no conoce de música y encanta a quien la cultiva. Como las grandes apuestas estéticas de las mejores músicas populares del mundo, la música de Germán se deja escuchar con pertinencia en muchos niveles, permitiendo que tanto el especialista como el profano, por razones distintas, encuentren ocasión para el goce estético.

Finalmente, estoy por creer que quizás sea algo más que una casualidad el nombre que hace más de veinte años estos tres músicos decidieron darle al grupo: Trío Nueva Colombia.




Teniendo en cuenta que uno de los más caros anhelos de todos es que tengamos por fin un país para todos los colombianos, puede considerarse el arte del Trío Nueva Colombia como un arte que es de todos y para todos, porque tal vez como ninguna otra música del panorama actual, nos sirve de mediación con el universo sonoro de estos tiempos de lo local globalizado y del presente atemporal. Por intermediación de este trabajo podemos llegar por igual a Luis A. Calvo como a Michel Camilo o a Chopin, a Chick Corea como a Fulgencio García, a Ignacio Cervantes como al lirismo de Bill Evans (Escuche a Bill Evans aqui: www.youtube.com/watch?v=89B6OmBuG4A. )


La música de GDP es una zona franca donde pueden abrevar con tranquilidad tanto los amantes de la música clásica y el jazz o la música campesina latinoamericana, como quienes gozan con las mejores sonoridades del piano urbano contemporáneo. La Música del Trío Nueva Colombia quizás pueda ser considerada la banda sonora del relato nacional que tanta falta nos hace y metáfora de la llegada de un nuevo porvenir.

Pero como el gran discurso artístico que es, la música del Trío Nueva Colombia no se basa en clichés, no busca artificios patrioteros, no esta adosada de trucos para atraer y enganchar. Antes que nada, se trata de música francamente honesta, que se logra parecer a lo que somos: mestizos, orgullosamente hechos de la mezcla de muchas sangres, suertes e historias. La música de Germán toma distancia de lo real cotidiano para configurar estéticamente otra realidad, una realidad donde nos podemos ver a los ojos: ni europeos ni indígenas, ni campesinos ni cosmopolitas, ni desarrollados ni en la pre-modernidad.

En estos años de trabajo, habiendo conocido todos los matices que van desde el silbido insultante a la reverencia aduladora, estos tres músicos se siguen empeñando en encontrar una sonoridad que sea coherente con su propio sentir como artistas. Les aterra la pose y el amaneramiento de quienes buscan cambiar por cambiar o conservar por conservar. No tienen nada contra el pasado ni deudas con nadie, no tienen una apuesta sobre el futuro de la música en Colombia ni aceptan hacer concesiones de ningún tipo para ser tenidos en cuenta.

De hecho, en este momento no saben siquiera lo que pueda pasar mañana con su trabajo.



Mientras llega el futuro, Germán se sigue levantando a componer ante el piano con la urgencia de quien esta condenado a hacerse entender mejor mediado por el arte, y con la responsabilidad y la suerte de quien sabe arrancar sonidos capaces de sacudir el inconciente colectivo de un país sordo y ciego ante su propia grandeza.


[1] Bloom, Harold. El canon occidental. Ed. Anagrama, Barcelona, 1994 (Ed. en español, 2005), p.49.
[2] Fischerman, Diego. Efecto Beethoven. Complejidad y valor en la música de tradición popular. Paidos, Buenos Aires, 2004, p. 21. También: Cook, Nicholas. De Madonna al canto gregoriano. Una muy breve introducción a la música. Alianza Editorial. Madrid, 1998, p. 8.
[3] En adelante GDP.
[4] El lector que desee ampliar la relación entre estas pianistas y Oriol Rangel puede remitirse al más reciente trabajo musical de Teresita Gómez, “Intimo”, producido por Jorge Andrés Arbeláez, con la participación de Jaime Moreno (flautista del Nocturnal Colombiano), Luis Fernando León, Jairo Rincón y el propio Arbeláez. Alcaldía de Medellín. 2006.
[5] Muchos años después Germán Darío, como homenaje, transcribiría el famoso “Estudio de Pasillo #1” de Oriol Rangel, del que no había partitura y que ha permitido, desde entonces, que muchos intérpretes lo graben y lo incluyan en sus repertorios. Entre otros Teresita Gómez en el disco citado anteriormente y el pianista cubano Ignacio Pacheco, en su trabajo Música Latinoamericana para piano, Producido por el Comité de Investigaciones de la Facultad de Artes y Humanidades de la Universidad de los Andes. Bogotá, 2000.

LOS USOS DEL PATRIMONIO






Los usos del patrimonio.
Una introducción a las fusiones musicales
en la Colombia de principios de siglo XXI.

Escrito por: Eliecer Arenas Monsalve
y Beatriz Goubert[1]

“La fusión no existe porque toda música, en el fondo, es fruto de una fusión”. Con esa afirmación, un estudiante de música en un encuentro académico realizado en la Universidad Pedagógica Nacional denunciaba vehementemente la precariedad de noción de “fusión” y rebatía la conveniencia de considerarla seriamente como una categoría musical. A su juicio, esta distinción, nacida para señalar una porción del amplio espectro de producciones musicales de la industria cultural de finales del siglo XX en un contexto meramente mercantil, no tenía suficiente peso para establecer los límites ni los contornos de una práctica musical en sentido estricto. Su queja manifiesta un malestar evidente y nos pone frente a una dificultad que trasciende el marco meramente estético de las prácticas musicales. La pregunta parece surgir por todas partes, ¿Cuál es el lugar de las hibridaciones, fusiones y mezclas musicales en la agenda cultural de principios del siglo XXI?

George Balandier sugirió en uno de sus libros[i] que la llamada crisis contemporánea podría entenderse mejor como una crisis de los sistemas de interpretación. El mundo cultural contemporáneo vive, en efecto, un momento en el que desde muchos ángulos se percibe la insuficiencia de las categorías conceptuales con las que hemos pretendido mirar el mundo y explicarnos su devenir.

En nuestro esfuerzo por registrar las características del lenguaje musical urbano contemporáneo, la investigación del grupo Cuestionarte nos ha ido mostrando la expresión de dicha crisis conceptual en el plano del arte musical. En efecto, el panorama musical actual muestra tal cantidad de cambios, presenta tal cantidad de variables en su producción, distribución y consumo, y exhibe tan copiosa variedad, que si a un aficionado corriente le resulta difícil la aprehensión de los fenómenos musicales que pululan y compiten por su atención, al estudioso de dichos fenómenos lo asalta a cada momento la perplejidad y el vértigo de estar ante un camino sinuoso y lleno de escollos. Todo el tiempo las evidencias le muestran la necesidad urgente de cambiar su modo de pensar, so pena de no poder aprehender significativamente su “objeto” de estudio.

En el panorama musical mundial los analistas coinciden en considerar la fusión como una de las tendencias más fuertes en la evolución de los lenguajes musicales, quizás como consecuencia de la globalización. En Colombia la evidencia de la presencia de dichas tendencias ha hecho que, por ejemplo, los concursos abran nuevas categorías para tratar de incluir fenómenos que se salen de los parámetros tradicionales específicos del género musical y las convocatorias a eventos musicales de diversa índole hayan abierto un espacio para la inclusión de aquello que a falta de un mejor término terminan agrupando bajo el título de “fusión”[ii].

Tan pronto consideramos ese género difuso, surgen infinidad de preguntas : ¿Cómo abordar el fenómeno de las fusiones ?, ¿Cómo valorarlas ?, ¿Cómo analizarlas ?, ¿Qué consecuencias político culturales tiene su presencia para las identidades locales ?, ¿Se trata de una muestra de la tan anhelada unión armoniosa de los pueblos que las religiones, ideologías y creencias nos han prometido, o acaso un remedo de participación comunitaria, en donde unos caníbales culturales se apropian del patrimonio intangible de poblaciones más débiles y responden a las demandas cambiantes del mercado con la presencia de los sustraídos elementos exóticos?. Se hace necesario por tanto, que en el intento de comprender el fenómeno depuremos la malla conceptual con la que abordamos el tema. En este artículo se presentan algunos problemas conceptuales propios del objeto de estudio, y se hacen algunas sugerencias metodológicas y categoriales que se han mostrado interesantes y pertinentes para el análisis de dicho fenómeno.

Para hacerlo, volvamos a nuestro estudiante. Si consideramos dicha queja como eje de entrada al problema, su afirmación se convierte en un campo de preguntas: ¿Es la fusión un género musical?, o sencillamente una herramienta de la creación y un recurso que se tiene a la mano para adornar con ropas nuevas las sonoridades y los géneros en los que se mueve?. ¿Acaso no es la fusión precisamente el rasgo característico del devenir de las músicas desde siempre?. ¿No presupone la noción de fusión, un estadio previo presuntamente puro, un punto cero, sin mancha, al que sólo ulteriormente le acontece el contacto con la otredad radical de otra música igualmente prístina e inmaculada?. Es grande la con-fusión.

Cómo clasificar las músicas locales
La denominación de las músicas locales periféricas en los centros de poder del mercado discográfico ha sufrido cambios considerables. De ser tenidas como de poco interés comercial y ser llamadas “primitivas, tribales, étnicas, folclóricas, tradicionales o internacionales” (Ochoa: 2003) hasta antes de los años ochenta, han pasado a ser llamadas, en los noventa, con el genérico nombre de World music.

¿Qué diferencia señala este cambio de denominación?. A decir verdad, muy poca. En el caso de América Latina, como se sabe, las músicas populares masivas de carácter nacional nacieron y se consolidaron al amparo de la grabación fonográfica[iii] y gracias a la difusión de la radio, aunque en el imaginario de los receptores nunca dejo de ser relacionada con la idea de folclore. Hoy día, la presencia de tales músicas en los escaparates de las tiendas de música del primer mundo puede causar alguna confusión. En una primera diferenciación puede decirse que la World music alude preferentemente a músicas de carácter patrimonial, mientras que el genérico fusión alude a la diversas mixturas que se dan entre esas músicas y las sonoridades provenientes de otras tradiciones[iv]. En cualquier caso, la creación de la categoría world music en 1987, entrañó un cambio en su dinámica comercial e introdujo elementos nuevos que más adelante, darían lugar a la “fusión” como tendencia musical de alcance global.

En un principio nacida como un referente clasificatorio, la world music pronto se constituyó en una forma de encuentro cultural, transcendiendo su carácter de estrategia comercial. Casi desde el principio – y este es un asunto problemático sobre el que abundaremos más adelante- las condiciones de dicha fusión re-editan y reviven la lógica colonialista, según la cual, un músico blanco, hombre, del primer mundo, se convierte en el garante, gancho y catapulta de los productos musicales que destila el mundo marginal, exótico y extraño de África, América Latina y Asia.

Aunque dicho modelo colonialista puede verse desde los primeros intentos de fusión del cantante pop Paul Simon con el grupo africano Ladysmith Black Mambazo[v]. hasta ahora, no hay duda que como movimiento cultural ha dado lugar a una evidente pluralización del espectro sonoro hasta el punto que músicas, instrumentistas, idiomas, instrumentos, estéticas y vestimentas propias de regiones hasta ahora más o menos desconocidas, han pasado a ser parte del supermercado de opciones sonoras que se pueden obtener fácilmente en los catálogos de cualquier multinacional que comercie con productos fonográficos en prácticamente cualquier lugar del mundo.

Lo que muchos analistas han destacado[vi] es que esta diversificación de opciones sonoras no ha venido emparejada con condiciones de igualdad en las relaciones entre los diversos actores del proceso. Siguiendo los términos del clásico trabajo de Umberto Eco, esta dinámica ha sido valorada de forma diversa, pudiendo decirse que existen dos bandos claramente identificables, los “apocalípticos” y los “integrados”:

Los apocalípticos denuncian las relaciones desiguales entre productores del primer mundo y músicas del tercer mundo, problemas de apropiación musical, de hibridaciones marcadas por la desigualdad en la posibilidad de definición estética, ideológica y económica. Los integrados, por contraste, celebran la diversidad sonora ahora disponible, los nuevos procesos de indigenización y construcción de opciones de alternatividad para culturas desposeídas (…) (Ochoa: 2003: 34)

Sea como fuere, es un hecho que los medios de comunicación masiva y su encalve como industrias culturales, han producido efectos sin precedentes en las prácticas culturales del occidente urbano. Gracias a su influjo, comunidades muy separadas geográficamente han entrado en un tipo de relación recíproca que ha afectado de un modo significativo las prácticas artísticas y las sonoridades de las músicas de raigambre local[vii].

Siguiendo los rastros del problema





Todos hemos experimentado alguna vez lo que es una fusión. La culinaria o la hibridación de razas animales, por ejemplo, son dos buenas imágenes de la familiaridad del fenómeno aún antes de analizar lo que realmente nos interesa: la alquimia sonora por medio de la cual dos o más músicas se funden, se mezclan o se superponen. ¿Cuales son los requisitos para que se de una fusión. La pregunta es compleja. En un primer nivel, meramente lógico, todo parece indicar que para que haya lugar a una fusión sólo hay un requisito: que se puedan identificar los rasgos primigenios, originales, de las partes que van a ser fusionadas.

Ilza Nogueira, ha definido los términos fusión e hibridación en el campo de la música como “indicadores de diferentes resultados estéticos intertextuales: uno en que se verifica el comprometimiento de la identidad de los intertextos actuantes (fusión) y otro en que permanece perceptible la ambigüedad proveniente de la diferencia de identidades (hibridación)” (Nogueira: 2002: 32”)[viii]

Los intertextos actuantes se refieren a los rasgos que identifican un género musical en su diversidad organológica (en sentido amplio la fisicidad de los instrumentos empleados, su diversidad social (quienes tocan, donde, para quien); en su diversidad musical (el repertorio, la relación de los músicos con los instrumentos); en su diversidad performativa (el sonido, las formas de tocar, los rasgos de la puesta en escena). Dicha perspectiva nos pone ante el problema de fondo implícito en el fenómeno de las fusiones, el problema de la definición categorial y nos deja expuestos al complejo universo de las taxonomías, las clasificaciones, y en música, con el problema de los géneros, los estilos, los lenguajes, etc. El concepto de género, por ejemplo, se ha venido problematizado y cuestionando en los últimos años (cf. Ochoa, 2003a ; 2003b) aún cuando se reconoce que sigue teniendo una importancia práctica indudable, tanto en el uso cotidiano como en los estudios musicológicos, especialmente entre quienes abordan las problemáticas de las músicas populares[ix]. Salsa, tango, jazz, música andina, música tropical, etc., son formas habituales de referirnos a músicas que tienen márgenes difusos, fronteras móviles. Dichas denominaciones, además, suelen crear polémica por cuanto son términos englobantes de otros tantos subgéneros que quedan ocultos tras la primera denominación. El ejemplo clásico, en ese sentido, es la salsa[x].

Pero, ¿qué es el género ?. Dice López Cano: “En términos amplios, un género musical es una clase de diferentes objetos musicales reunidos en una sola categoría cognitiva. Se trata en principio de una serie de muestras, ejemplos o piezas musicales específicas que en conjunto forman una clase. Sin embargo, los procesos de categorización no se hacen exclusivamente a partir de la discriminación de objetos. Podemos generar categorías musicales también a partir de eventos o experiencias; de fenómenos culturales, sociales o psicológicos; de situaciones particulares de consumo musical; de conductas corporales o sociales producidas en torno a la música (como el baile o actitudes kinéticas generales), de procesos subjetivos, de relaciones interpersonales o participaciones colectivas; de los modos de vestir o el look que presentan los sujetos que participan en determinado género musical, etc.”

Otra definición sugerente para nuestros propósitos proviene de Richard Bauman, quien considera el género “un tipo de discurso convencionalizado (...) utilizado primordialmente de una manera clasificatoria para designar una categoría discursiva” (Bauman: 1992 :53).

Para entender las implicaciones de un género entendido como una categoría discursiva, tendríamos que entrar a ver las condiciones de producción de dicho discurso. Es decir, para comprender cabalmente un género artístico cualquiera, a condición de estar definido por una comunidad de usuarios como designando un universo particular, como ocurre con la evidencia social de la existencia de una tendencia como la fusión, que nadie sabe definir pero que se puede reconocer, se precisa entender la historia de las conformación de dicho género, es decir, la historia del señalamiento de ciertas semejanzas y la delimitación de otras tantas diferencias (Bourdieu: 1992). En tanto que práctica discursiva, el género es mucho más que las propiedades propiamente sonoras que se pueden distinguir fenomenológicamente, ya que al introducir ciertos supuestos, ciertas creencias y ciertas mitologías que se incorporan como parte del habitus[xi] a partir del cual se dan los procesos de socialización musical, dichas creencias incorporadas pasan a ser asumidas como obvias y naturales, aceptando sin cuestionamiento los límites de lo que se considera adecuado, permitido, posible y pensable dentro de dicho campo. (Foucault :1984 ; Bourdieu y Wacquant : 1995).

Lo negociable y lo no negociable (Carvalho: 2005), lo aceptable y lo valorable (Ochoa: 2003) dentro de cada género se define fundamentalmente por la historia de la producción del género como un campo autónomo particular, un campo autónomo dentro de un campo de diferencias. Por lo tanto, para entender las vicisitudes de un género es necesario trazar la historia de dicho campo, ya que sólo así se puede tener acceso a las disposiciones adquiridas que hacen que el actor social se mueva como pez en el agua, intuyendo el sentido y reclamando el respeto de las reglas del juego, es decir, el acatamiento de los modos como el género consagra sus modos de legitimar el campo de las diferencias pertinentes : estilos, modos de consagración, jerarquías de poder, escalas de prestigio, etc.

Cabe advertir que las prácticas intertextuales que llamamos fusión no solamente se practican desde los inicios mismos de las practicas artísticas (Noguerira: 2002) sino que es el recurso estilístico fundamental del siglo XX. Por ello es preciso analizar también la constitución del campo unido a la consideración de aspectos propiamente musicales, tales como los parámetros estructurales de las operaciones de transformación. Esto es así, por cuanto las transformaciones pueden incidir en un único parámetro o en varios (por ejemplo, en el ritmo, la melodía, la textura, la relación melódico/armónica, etc.), lo cual permite explicar el índice de “desvió” de sentido, que a su vez nos puede servir para explicar el grado de sorpresa, redundancia o novedad de una determinada propuesta sonora.

Para caracterizar la fusión musical, entonces, hay que partir del hecho de que el sentido de los productos musicales se construye culturalmente. La fusión, en tal sentido, no debería ser considerada un género musical (salvo como una distinción nominal para intereses prácticos o estrictamente comerciales) ya que fundamentalmente es un acto relacional, donde intervienen tanto géneros musicales como contextos históricos.

Esto significa, grosso modo, que en la atribución de cierto grado de fusión en un producto musical dado, intervienen factores diversos, además de la obra o el hecho sonoro propiamente dicho. Reconocer la música como producto y productora de prácticas sociales, supone comprender que la música se interpreta según códigos culturales diversos y conforme a convenciones incorporadas en la historia vital de una comunidad. Luego de admitir que el sentido de las músicas es producido en los contextos donde se inserta, se sigue que, en términos generales, toda música corresponde entonces a una comunidad de usuarios, que comparten ciertos códigos, ciertos valores, mediante mecanismos que garantizan que se han incorporado las formas de valoración heredadas previamente. En ese sentido, puede afirmarse que tales comunidades son “comunidades imaginadas”[xii].

La homogeneización diferencial globalizada en el contexto nacional
La fusión, en tanto que fenómeno relacional, es propio de la interrelación a que obligan los procesos de globalización. “La globalización tiene como premisa básica la abolición de las distancias de tiempo y espacio. Desde la navegación hasta los paulatinos perfeccionamientos técnicos en los transportes y las comunicaciones deben ser considerados elementos básicos de ese achicamiento del mundo. Ahora bien, aunque la globalización sin duda supone un acceso más amplio, en modo alguno significa igualdad en el acceso para todos”. (Hobsbawm: 2000)

Como ha señalado Hobsbawm, hay que tener en cuenta , de un lado, que el proceso técnico de la globalización requiere un elevado grado de estandarización y homogeneización; y de otro, que la circulación de bienes materiales, capitales, mercancías, no esta emparejada con la circulación de las personas (Hobsbawm: 2000). También, como lo destaca Yúdice, en este momento histórico se asiste a una interpenetración recíproca de la economía y la cultura que implica que, en primer lugar, la globalización haya acelerado la transformación de todo en recurso; y en segundo lugar, que la transformación específica de la cultura en recurso represente la aparición de una nueva visión de mundo (Yúdice: 2002b).

En el caso de las músicas nacionales de fusión, el asunto cobra una importancia política destacable, por cuanto, si bien es posible caracterizar el final del siglo XX y el comienzo del XXI como un momento feliz para el comercio e intercambio de ritmos, sonoridades e instrumentos típicos, como quiera que en un gran porcentaje de grupos nacionales puede verse la inclusión de instrumentos como cununos, guasás, tiples, tamboras, cuatros, esterillas, gaitas, flautas de millo, etc., la circulación de las personas sigue siendo restringida. Dicho de otro modo, aunque cada vez se hace más evidente la sonoridad afrocubana en las músicas de los jóvenes de clase media y clase media alta de la capital del país, ello no ha significado un empoderamiento de los actores dueños del patrimonio, salvo pocas excepciones, donde ciertos actores aislados, en su mayoría músicos negros que se trasladan a la capital de forma permanente, se convierten, gracias a la tradición que encarnan, en apetecidos músicos no sólo por los asuntos estrictamente musicales, sino por el efecto de autenticidad que colorea su presencia en los grupos “blancos”[xiii]. En el trabajo de estos grupos opera una especie de política de desidentificación en la medida en que se empeñan por mostrar que el carácter nacional, otrora situado en la música andina, puede ser reencuadrado desde un paradigma de diversidad que se centra en las músicas negras.

Tendiendo en cuenta la afirmación según el cual las mercancías son siempre culturales y los productos culturales son siempre mercancías (Miller-Yúdice: 2002), puede percibirse un cierto grado de fetichismo en el manejo de algunos elementos. El uso, por ejemplo, del sitar, por parte de J.S. Monsalve, en un espectáculo del grupo Comadre Araña en el marco del Festival de Fusión organizado por la Universidad Nacional en 2005, lejos de ser un elemento integrado en la performance del grupo, no puede interpretarse sino como un factor traído a escena para estimular en el oyente la fantasía de estar escuchando “música del mundo”. Por otra parte, muchos grupos operan sobre la base de la otredad racial como gancho comercial, grupos que parecieran buscar utilizar una mezcla de elementos fuertemente centrados en ciertas “modas” actuales, según las cuales el énfasis en factores de género, sexo y raza, pueden servir de gancho para salir del anonimato y permitirles hacer una diferencia en el competido mundo comercial-cultural actual. Otros como Cesar López con su escopetarra, o desde el proyecto socio-cultural “Invisibles invencibles”[xiv], ejemplifica de un modo muy sugerente, una nueva tendencia de la cual es el pionero. Se trata de un músico que trabaja haciendo llave con proyectos sociales, en el que la música y la performatividad son un recurso para la acción política.

El problema de la legitimidad.
El músico, como todo productor cultural, está inmerso en relaciones de poder que suelen tomar la forma de conflictos de definición del campo (Bourdieu: 1992). Tales conflictos de definición, en general, se dan cuando los actores luchan por imponer los límites del campo que sean más propicios a sus intereses. En cada campo se da –aunque no se diga explícitamente- una pugna por la imposición de la definición legítima de músico competente. En ese sentido, una primera aproximación a la caracterización de las formas que adopta un músico en intento de legitimar su trabajo, nos muestra que hay tres modelos claramente definidos en cuando a las formas como los sujetos sociales dedicados a un determinado género musical apelan a ciertos criterios de legitimidad para salvaguardar su posición dentro del campo. Se trata de:
a) músicos que se sienten adscritos a una comunidad imaginada, a la cual se deben, y de la cual son un fruto “natural”;
b) músicos que legitiman su trabajo no por su relación con la tradición, sino por su relación con el conocimiento musical, avalado con frecuencia por el poder instituyente de la academia –y no cualquier academia, sino la academia que aspira a obtener un liderazgo nacional en el manejo del patrimonio cultural-, y que se justifica mediante un discurso que otorga esencial importancia al método clásico de la etnomusicología: el trabajo de campo; y, finalmente,
c) músicas que se legitiman desde la lógica del mercado, es decir, músicas cuya pretensión es poner en manos de los consumidores un producto atractivo, de fácil acceso, que frecuentemente apoyado por unas poderosas industrias culturales, se vende como cultura popular masiva de alcance global. El criterio supremo en este último caso, son las ventas y la rentabilidad concomitante.

Una mirada a las relaciones de poder y al poder de las relaciones en cada una de esas tres formas como los músicos aspiran a ser vistos como actores sociales que ofrecen una mercancía cultural, sugiere que en cada campo, según cual sea la forma de relación con el patrimonio, se van volviendo canónicas unas maneras de consagración que en cada caso, deben ser seguidas por quienes quieran situarse como actores del campo. Este, en tanto que campo de fuerzas, produce distinciones que evidencian las tomas de posición y hacen visibles las consecuencias de tales posiciones.

La legitimidad en los tres casos, está condicionada por los modos como se han instituido ciertas formas de justificación de la actividad y los modos como se consagran sus lógicas internas. En el caso de las músicas que tienen un fuerte componente de hibridación, la complejidad de ese panorama nos obliga a intentar establecer algunas diferencias.

Los hijos de la comunidad imaginada

Empecemos caracterizando el grupo de los músicos que se sienten adscritos a una comunidad imaginada, a la cual se deben, y de la cual son un fruto “natural”. El discurso de la legitimidad de sus productos musicales recae, en este caso, sobre el sentido de pertenencia y el compromiso vital sostenido que dota de autoridad a quien dentro de una comunidad de tradición, gracias al paso por ciertos rituales, llega a ser considerado un igual, un actor capaz de ser portavoz y garante de un legado que trasciende su persona y su tiempo. Esta pertenencia a la tradición funciona en la práctica como una suerte de certificado de garantía, ya que, en dichos contextos, la relación con la tradición es la fuente legitimadora, a tal punto que la práctica musical del novato, al tiempo que renueva y remoza dicho legado, termina de hecho sirviendo para justificar la importancia de sus antecesores. Ser parte de esta tradición impone ciertas condiciones que han de cumplirse. Tal es el caso de los procesos de formación, que pueden tener un carácter altamente informal, o no formal, y que se basa en la apropiación de los recursos musicales desde ambientes propicios –tradiciones familiares, por ejemplo- que ponen en contacto al novato con músicos representativos. Al contacto con estos, el recién llegado va apropiándose de un modo de entender la tradición, unos repertorios, unas técnicas y un juego de relaciones sociales que lo van preparando para, con el tiempo y luego del cumplimiento de otros requisitos, encarnar dicha tradición. Hoy día, en el campo de la música andina colombiana, luego de la legitimación que constituyo el trabajo de Nogal Orquesta de Cuerdas, esta inserción puede darse también en ámbitos académicos de un modo consistente, ya que algunos de los más renombrados músicos de la tradición andina frecuentemente van formado escuela[xv].

Debemos preguntarnos ¿cómo usan estos músicos la tradición, como se posicionan frente a ella?. En nuestra pesquisa, hemos encontrado que en el campo de la música andina colombiana, que es un campo que por diferentes razones da muestras de una autonomía creciente, conviven diferentes maneras de relacionarse con la tradición, en términos de los recursos musicales que se ponen en juego. Mientras que la tradición por definición apunta a la conservación, en el aprendizaje de las músicas se dan, inevitablemente, unos elementos que introducen desorden, margen de entropía que permite introducir, paulatinamente, diferencias significativas que modifican el legado cultural original. En efecto, aunque se ensayen rituales que ratifiquen normas performativas, dicha repetición nunca es exacta, y puesto que nadie puede repetir fielmente ni acomodarse plenamente a los modelos dados, siempre queda un margen, una discrepancia de la que se puede sacar ventaja, jugando con ella, dramatizándola, ironizándola, exagerándola, convirtiéndola no en un error, sino en un rasgo del que se puede obtener beneficios para afirmar la individualidad (Yúdice: 2002b). En el ámbito de la música andina, un caso interesante a este respecto es el del grupo Música para el pie izquierdo[xvi], quien fue capaz de hacer visibles, con humor e irreverencia, los estereotipos de la música andina, de ironizar su acartonamiento, y los singulares modos como desde ahí se entiende la vida del país. En una mezcla compleja de elementos que apelan a la tradición nacional del humor radial de Montecristo, Eberth Castro, los tolimenses y de artistas como Les Luthiers, los Hermanos Monroy, Leo Masliah, Música para el Pie Izquierdo logró convincentemente agradar a un público que los aplaudió hasta el paroxismo, pero que se mostró molesto con el fallo que los daba como ganadores del más importante certamen de la música andina, porque los recursos artísticos tomados de John Cage, Duchamp y otros artistas eclécticos y vanguardistas, los dejo perplejos y confusos.

Intertextos actuantes en la transformación de la música andina contemporánea
Con el objeto de caracterizar algunas de las maneras como los músicos que se conciben a sí mismos como hijos de la tradición andina colombiana engranan su trabajo en el humus del patrimonio cultural y al hacerlo, encuentran las maneras de transformarlo, presentamos unos ejemplos que aluden a grupos que en sus propuestas artísticas ponen en relación la música nacional andina con elementos tomados de otras coordenadas.

Una de las opciones más socorridas como un músico se señala a sí mismo como parte de una tradición es ratificando los formatos instrumentales propios de un campo particular. Por ejemplo, el grupo Palos y Cuerdas trabaja desde el tradicional formato de Trío Andino (tiple, bandola y guitarra). Esta conformación instrumental es el terreno común sobre el cual estos músicos exploran las posibilidades musicales del legado andino y producen sus modernizaciones, innovaciones o cambios. La fuerza del formato hace que pese a las evidentes diferencias en su propuesta musical, sean reconocidos como pertenecientes a la misma tradición del Trío Morales Pino, por ejemplo, grupo de referencia y paradigma obligado para los cultores de la música andina. En este tipo de opción se puede llegar tan lejos como se desee. La intervención de Palos Y Cuerdas en el Festival Mono Núñez de 2006, en el que decidieron presentarse en la final tocando con tiple, bandola y guitarra eléctricos, pese a las resistencias de algunos, no permitió que fueran descalificados, ya que los requisitos de la convocatoria exigía precisamente ese formato, y no hacía la salvedad de la prohibición de la modalidad eléctrica. Esta es una muestra típica de la fuerza que tiene el uso de un formato como garante de los lazos con cierta tradición[xvii].

En otras ocasiones se apela, por contraste, a un cambio de los formatos. En ese caso, se hace necesario, como contrapeso, pero también como forma de anclaje en la tradición que se encarna, mantener un vínculo cierto y evidente con ella. En este caso, el recurso es seguir muy de cerca los ritmos propios del género. El Ensamble Tríptico[xviii], por ejemplo, utiliza un formato poco usual: piano, bandola y bajo eléctrico, pero tratan de mantener claro el vínculo con los ritmos tradicionales y las estructuras propias del género musical andino.

Para dar un color diferente, y para suscitar interés, otros introducen en algún formato “clásico”, algún elemento “disonante”, es decir, poco usual, que remita al oyente a un paisaje sonoro distinto, aunque en lo fundamental se atengan a los ritmos y repertorios típicos de un género dado. A esta categoría pertenece la introducción de la guitarra eléctrica en los formatos de música andina, hecho desde los años cincuenta por León Cardona, o lo que hizo Oriol Rangel al introducir el órgano Hammond de Jaime Llano González, en su grupo. La autoridad de Rangel, y el inusitado impacto de la propuesta, la convirtió con el tiempo en una sonoridad clásica de la música nacional, pese a la nula tradición del órgano electrónico como instrumento vernáculo.

Otra forma de acercarse a la tradición, cambiándola, es ampliando los recursos musicales disponibles, por ejemplo, dejando intacto el formato y los ritmos usados, pero proponiéndose ampliar o modificar los roles usuales de los instrumentos. Esto fue lo que hizo Fernando León Rengifo con el Trío Joyel, y más tarde con Nogal Orquesta de Cuerdas, dando mayor autonomía a los instrumentos y permitiendo salir de la usual sonoridad de una bandola con acompañamiento, a un formato en el que, en pie de igualdad, los instrumentos entran en un diálogo complejo que se acerca a la sonoridad de la música de cámara.

Una cuarta forma de acercarse a la tradición –transformándola- tiene que ver con introducir técnicas de ejecución ajenas al género, técnicas que pueden rastrearse como pertenecientes a otro género en particular. Eso es lo que hizo Diego Estrada, a finales de los años cincuenta, al introducir sonoridades del violín clásico en su forma de tocar la bandola. También es el caso de Kafe es 3[xix], o el Dúo Barrockcófilo[xx], quienes de una forma explícita utilizan una sonoridad rockera en sus acercamientos a los ritmos de la zona andina.

Finalmente, podemos caracterizar otro recurso muy socorrido –quizás el más popular y de tendencia más global- consistente en transformar, complejizandolas, las funciones armónicas y/o ornamentales. En este sentido se debe resaltar la importancia del jazz para las músicas populares del mundo. Este género, por su incidencia global, se ha convertido en lingua franca de todas las músicas populares del mundo. No se trata simplemente de una jazzisación de las músicas populares, sino de un proceso complejo en el que luego del aislamiento de la música clásica contemporánea en el siglo XX, por cuenta de su afán desbordado en la experimentación y por el énfasis en la individualidad del creador incluso al precio de su aislamiento, la modernización de las sonoridades ha corrido por cuenta de la capacidad del jazz de renovarse sin perder su anclaje con procesos sociales más o menos masivos y de considerable difusión (Fisherman: 2004).

Los recursos anteriormente descritos -en modo alguno con pretensiones de exhaustividad- no sólo cambian la apariencia exterior de la música, por así decirlo, sino transforman las formas de verla, sentirla y escucharla. Dicho en términos de Yúdice, transforman sustancialmente su performatividad, y con ello, su sentido. Aunque se trate del uso de cualquiera de los recursos descritos –que por lo demás pueden mezclarse-, lo que deseamos destacar es que, por tratarse de una tradición a la que se deben, dichos músicos están obligados, además, a cumplir unos ritos de paso impuestos por la lógica del campo. Al verse obligados a participar en mecanismos de socialización en escenarios específicos, en el caso de las músicas de raigambre regional, tales como la música andina, el vallenato, el porro, el joropo, por ejemplo, el músico incorpora, por una vía que al mismo tiempo funciona como operador legitimante, el habitus del campo. En los concursos de música, que como rasgo interesante se siguen multiplicando y hoy día los hay de todas las calidades y de todos los presupuestos, se da ese ejercicio de socialización y de consagración. Gracias a ellos se otorga al ganador un lugar social, una legitimidad y un nombre dentro del medio, proceso a través del cual se le avala para trabajar, aval que le va a servir de respaldo en adelante. Este ingreso puede ser entendido como una suerte de ritual de paso o dispositivo de legitimación, donde los músicos emblemáticos de cada género entregan la posta, como en las carreras, a la siguiente generación, dándoles la legitimidad, el aval y el respaldo para entrar pertenecer y encarnar, en calidad de iguales, una tradición. Este proceso, no pocas veces suele ser conflictivo.

Obsérvese que en el caso de quienes se sienten dentro de una tradición local colombiana hay un rasgo inequívoco: expresan a la vez reverencia y distancia. Al señalar una ruptura dentro de cierta continuidad, o cierta continuidad dentro de sus propuestas de ruptura, ellos muestran el grado de autonomía de un campo. En ese sentido, no es gratuito que casi todos los ejemplos que encontramos provengan de la música andina colombiana (MAC). Por tratarse de un género complejo, maduro y expuesto a muchos avatares desde su gestación, el campo de la música andina colombiana da muestras, en esos ejemplos y en otros descriptos en otros lugares, de haber alcanzado un alto grado de autonomía. La MAC, más que cualquier otra, ha mostrado que las revoluciones toman la forma de un regreso a las fuentes, a la pureza de los orígenes (Bourdieu:1992). Al tomar claramente las características de un género, bien sea en el campo estructural, organológico o rítmico, los músicos ponen en evidencia que, dado que el campo ha cobrado cierta madurez, estar en el “estilo”, por si sólo, es una forma particular de ver las cosas, implica de suyo una postura. En los ejemplos citados, por otra parte, los efectos innovativos tienen como rasgo especial la apropiación de la estructura del discurso musical de tal forma que presentan al público cierto grado de sorpresa y novedad, negándose a dar a quien escucha la satisfacción, siempre engañosa, del lugar común.

Academia, etnografía y autenticidad
No todos los músicos se mueven en las coordenadas anteriormente descritas. Cada vez es más frecuente encontrar músicos que validan su trabajo desde la aprobación social que otorga la academia, reforzándola discursivamente con apelaciones a la autoridad que confiere el trabajo de campo. Aquí se pueden agrupar propuestas tan disímiles como el ya legendario “Macumbia” de Francisco Zumaqué o los trabajos de Antonio Arnedo. Zumaqué, en su trabajo Macumbia integra elementos de Jazz y de Cumbia en un producto específico, que podría caracterizarse como música de autor, como en la música clásica, pero con un perfil marcadamente popular, y Arnedo, quien comenzó haciendo jazz latino, explorando las sonoridades y los recursos rítmicos de las músicas del pacífico colombiano, hasta posicionarse como un músico de referencia para la música de tradición nacional[xxi].

Desde los años noventa especialmente algunos músicos han tendido a optar por validar sus propuestas desde la autoridad conferida por una presunta investigación de campo[xxii]. En este caso, a la manera de los viajeros, estos músicos van al terreno, por lo general a las regiones costeras, donde gracias al contacto con actores significativos de la región, se contagian del “espíritu” de dichas músicas, conocen su sentido y sus secretos y, luego, en un proceso de decantación de ese acervo, lo ponen al servicio de sus proyectos personales. En ellos se hace evidente la copia de modelos, el uso de instrumentos propios de esas regiones, que luego, en el contexto urbano de su trabajo, se constituyen en una hibridación más o menos original, que, en no pocos casos, tiende a ser presentada como músicas valiosas por su “autenticidad”. En algunos casos, como en el del Grupo Comadre Araña, se utiliza parafernalia folclórica, atuendos, vestidos y otros recursos, para resaltar dicha autenticidad. En este grupo, dirigido por Juan Sebastián Monsalve, en efecto, un grupo de cantantes blancas, urbanas, universitarias y con formación musical, se atavían como cantaoras del pacífico y cantan bullerenges, en ocasiones con intervenciones electrónicas. En otros casos, dicha legitimidad (la presunción de haber estado en el terreno y haber aprendido de músicos de la región) se refuerza en el producto discográfico (algunas pocas veces también en presentaciones públicas) con invitaciones a algún músico emblemático de la región.

El tercer y último modo de acercarse al patrimonio musical nos ubica en el sinuoso mundo de las músicas populares masivas comerciales, cuyas variaciones obedecen a las características del público objetivo: el mercado nacional o el internacional. Aunque este amplio campo no es el objeto de este ensayo, conviene decir que cuando se trata músicas francamente utilizadas como un recurso del entretenimiento, se deben considerar las esferas del comercio y el mercado tanto como los cambios en las formas de trabajo. En efecto, el aumento de la población latina en los Estados Unidos, al punto de superar numéricamente a los afroamericanos y convertirse en la minoría más grande de este país ha creado, como dice Yúdice, una Nueva División Internacional del Trabajo Cultural. Un mercado de de “productores, arreglistas, cantantes de acompañamiento, escritores, ingenieros de sonido, técnicos y personal de cine y video hasta músicos especializados” ha cambiado de forma radical las formas de crear, producir y distribuir música. En ese escenario “la hibridación y la transculturización son las cualidades esenciales de la música pop en todas las capitales latinoamericanas del entretenimiento (Yúdice, 1999). Los resultados no se traducen en una uniformización de la música, sino, al contrario en su pluralización” (Miller y Yúdice: 2002: 116).

En este escenario plural, donde conviven propuestas como Curupira, Mojarra Eléctrica, Alekuma, Maria Mulata, Pescao Vivo, entre muchos otros, amén de los ya referidos, esta ocurriendo un fenómeno que despierta gran inquietud en muchos analistas, y que se extiende por toda América Latina. José Jorge de Carvalho ha dicho:

(La música afro-americana) …en este momento actual (…) pasa a ser una fetiche: no solamente valorada nacionalmente juega también otro papel en un circuito internacional. La música de origen africano en América y el Caribe pasó de ser totalmente rechazada, censurada, prohibida, ridiculizada y estigmatizada por la élite blanca, a ser consumida ávidamente hoy día como un producto capaz de transmitir goce y sentido de pertenencia a naciones y sociedades que se autodefinen como multiculturales (Carvalho :2003)[xxiii].

Para muchos analistas estos fenómenos tienen su explicación en la voracidad del capital para apropiarse de nuevas líneas de producción y consumo, en el hastío de las sociedades blancas ricas que requieren cada vez nuevas formas de entretenimiento a costa tanto de productos naturales como de tradiciones culturales de cualquier parte del mundo, y en la canibalización de poderosas porciones del patrimonio cultural nacional de países subordinados. Para otros, es el espacio para mostrar esas tradiciones, el momento para celebrar que ciertos prejuicios que antaño ocultaban estas músicas se hayan levantado, el escenario para abrir unas líneas de fuga que se expresan en nuevas líneas de producción y formas de hacer música que recupera porciones del pasado que hacen soñar con nuevas formas de entender lo que somos como nación y lo que nos une con otras tradiciones. Sea como fuere, la tendencia a la mixtura, seguirá produciendo efectos de largo alcance en las prácticas musicales y seguirán ofreciendo un terreno fértil para la experimentación, la renovación y el cambio, tanto en las identidades locales, como en las formas de aprehención del hecho musical.

Aunque ciertamente estamos ante un nuevo mapa de lo nacional debemos ser cautos. Hay que advertir las tensiones y desequilibrios que condicionan las búsquedas de la nación multicultural. Detrás de la búsqueda de esa nueva nación se puede esconder una tiranía del significado, “puede estar encubriendo de manera indirecta, ni hipócrita ni subrepticiamente, pero sí con gran efectividad estrategias de globalización de la cultura basadas en diversas formas soterradas de neocolonialismo”[xxiv].

Estas consideraciones, por supuesto, no invalidan los esfuerzos de los músicos por enfocar su trabajo haciendo emerger alteridades ocultas. La alteridad periférica interna que ha emergido en los últimos años a través del auge de las músicas negras como fuente y materia prima de trabajos musicales de diversa índole, son un síntoma –no como pretenden algunos, la solución- de la dominación cultural que hemos vivido en el país por parte de unas regiones sobre otras. Lo importante, a nuestro juicio, es no caer en la trampa de creer que la emergencia de las músicas regionales significa en algún sentido una reivindicación social y una búsqueda política de igualdad social y cultural para las poblaciones dueñas de las canteras de tradiciones que son objeto de la explotación/expropiación. Lo cierto es que es prematuro saber si estos trabajos desemboquen en la posibilidad de vernos como Otros, a la manera de Ricoeur, o derive en lo que Baudrillad, sarcásticamente ha señalado como un rasgo de la cultura occidental, ser meros proxenetas de la diferencia. Habrá que esperar.

NOTAS:
[1] [1] El artículo aquí presentado corresponde a una versión bastante resumida de un texto final de la investigación “Músicas Urbanas, Construcción de Sentido e Identidad” realizada por el grupo interdisciplinario e interinstitucional CuestionArte, conformado por los docentes investigadores Gloria Patricia Zapata, Santiago Niño, Eliécer Arenas y Beatriz Goubert. La investigación fue financiada por la Universidad Pedagógica Nacional, donde el texto se encuentra en prensa.

[i] Balandier, G. “El desorden”. Gedisa, Barcelona, 1990
[ii] La fundación BAT y la Universidad Nacional de Colombia, por ejemplo, han incorporado en su agenda la realización de Festivales de Fusión, lo cual constituye una muestra de la importancia social que esta tendencia ha adquirido en los últimos años.
[iii] En el caso de la música de Brasil, este proceso está muy bien documentado en el trabajo de Humberto M. Franceschi, donde se muestra como el ascenso de la samba y el choro como músicas representativas de lo nacional brasilero han estado ligados a la grabación comercial. Ver: Franceschi, H. A Casa Edison e seu tempo. Editado por Petrobrás-Governo Federal, Ministerio da Cultura, Biscoito Fino. Río de Janeiro, Março de 2002. En Colombia, los referentes fundamentales en ese sentido son los trabajos de Cortes Polanía, Ana María Ochoa y Peter Wade.
[iv] Ana María Ochoa, citando a Wade, acude al vallenato como ejemplo de este fenómeno: “El vallenato ha sido considerado una música folclórica, a pesar de que hubo una vertiente comercializante del género desde, por lo menos la década de 1940. (…) Por otro lado, encontramos que músicas que eran consideradas locales y que nunca fueron grabadas para fines comerciales, frecuentemente se producían bajo el patrocinio de políticas culturales que las identificaban con el patrimonio folclórico de la nación o a través de institutos de investigación etnomusicológica”. (Ochoa, 2003,p. 29)
[v] Ladysmith Black Mambazo es un coro Zulu que canta música 'a cappella' (sin acompañamiento instrumental) conocida como Isicathamiya, o 'township jive'. El Isicathamiya nació en las minas de Sudáfrica, donde los trabajadores negros, que vivían en campamentos lejos de sus hogares, desarrollaron una manera propia de cantar y bailar en sus horas libres. Empezaron a ser conocidos en todo el mundo a partir de su colaboración en el álbum Graceland de Paul Simon (1986), álbum que dio origen al actual interés en las llamadas músicas del mundo. Ladysmith Black Mambazo, considerado uno de los más grandes conjuntos vocales de África han llegado a representar la tradición y el legado cultural de Sudáfrica. En 1993, bajo la petición de Nelson Mandela, el grupo acompañó al futuro presidente, y al entonces presidente F.W. de Klerk, a la ceremonia de entrega del Premio Nobel de la Paz, en Oslo, Noruega. También se presentaron durante la ceremonia de inauguración presidencial de Mandela, en mayo del 94. Son considerados como un tesoro nacional de la nueva Sudáfrica en parte porque representan las tradiciones oprimidas en la vieja Sudáfrica.

[vi] Entre nosotros Ana María Ochoa (Ochoa, 2003) y, en Brasil, José Jorge de Carvalho, especialmente con su concepto de “canibalismo” cultural.

[vii] Los ejemplos a este respecto son muy variados. En el ámbito nacional, la entrada de Guillermo Buitrago y Bovea y sus vallenatos en el gusto popular del interior de la nación gracias a la transmisión radial de la emisora Radio Sutatenza, significó una transformación muy significativa de la música de Boyacá, que se reflejó en su modo de tocar y creo una particular manera de apropiarse de la “música caliente” de las costas.

[viii] En Boletín de Música Casa de las Ameritas, No. 8, 2002, p. 32.
[ix] Ver: López Cano, Rubén. 2004. "Favor de no tocar el género: géneros, estilo y competencia en la semiótica musical cognitiva actual”; en Martí, Josep y Martínez Silvia (eds.) Voces e imágenes en la etnomusicología actual. Actas del VII Congreso de la SibE. Madrid: Ministerio de Cultura. pp. 325-337. versión on-line www.lopezcano.net.
[x] El uso del término Salsa como identificador de un género musical fue objeto de mucha discusión especialmente por parte de músicos cubanos que veían con malos ojos el uso de un término que dejaba oculta la ingente variedad de ritmos que efectivamente se tocaban cuando se decía practicar salsa. Entre otros, montuno, son, guaracha, guaguancó, bomba, plena, danzón, etc. Ver: Quintero Rivera, Ángel. Salsa, sabor y control. Sociología de la música tropical. México: Siglo XXI Editores, 1998. También ver: Rondón, César Miguel. El libro de la sala. Crónica del Caribe urbano. Caracas: Edición Arte, 1980.
[xi] Bourdieu define el Habitus como : “sistema de disposiciones adquiridas, permanentes y transferibles, que generan y clasifican acciones, percepciones, sentimientos y pensamientos en los agentes sociales de una cierta manera, generalmente escapando a la conciencia y a la voluntad. Tales disposiciones suelen incorporarse desde la más temprana infancia, a lo largo de la vida de los individuos, mediante todo un proceso de socialización multiforme y prolongado que posibilita la apropiación del mundo, del yo y los otros”. Téllez Iregui, Gustavo. Pierre Bourdieu. Conceptos básicos y construcción socioeducativa. Universidad Pedagógica Nacional. Bogotá. 2002.

[xii] En 1983 apareció en inglés, el libro de Benedict Anderson sobre el nacionalismo, en el cual plantea su polémica tesis: las naciones corresponden a una construcción. Este concepto permite resaltar el hecho de que las comunidades territoriales, no son un hecho natural, sino social, política e históricamente construido. Este concepto de Benedict Anderson será aprovechado para respaldar la hipótesis de que la escala territorial de las comunidades y sus proyectos son una definición histórica, política y social que no se vincula con la proximidad o vecindad “natural”. Según este autor, “todas las comunidades mayores que las aldeas primordiales de contacto directo (y quizás incluso éstas) son imaginadas” dado que “aún los miembros de la nación más pequeña no conocerán jamás a la mayoría de sus compatriotas, no los verán ni oirán siquiera hablar de ellos, pero en la mente de cada uno vive la imagen de su comunión”.
La comunidad imaginada, como comunidad de objetivos, se define por un mito fundacional que se hace presente cotidianamente a través de ritos e instituciones más o menos formalizadas. La historia compartida se realiza en el presente y se proyecta en un futuro que nace de las expectativas comunes.
Ver: Anderson, Benedict (1993): Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo, FCE, Méjico.


[xiii] Después del sugerente trabajo de Wade, es preciso preguntarse si la nueva ola de músicas nacionales, liderada por músicos de clase media, formados en universidades prestigiosas de la capital, no es otro modo de blanquear las sonoridades negras y reducir su alteridad.

[xiv] Dice el propio López sobre dicho proyecto: “Su objetivo es hacer visibles a los músicos de la calle para que, al ser reconocida su realidad y su aporte como artistas, puedan desarrollar su actividad dignamente, y sensibilizar a la sociedad sobre la necesidad de construir una sociedad más incluyente”. Ver: www.cesarlopez.org

[xv] Destaca en este sentido el trabajo de Manuel Bernal, Fernando León y Fabian Forero, en la enseñanza de la Bandola. En la guitarra, el gran referente sigue siendo la escuela del Maestro Gentíl Montaña.

[xvi] La agrupación santandereana Música para el pie izquierdo, obtuvo el premio Gran Mono Núñez en 1996. Han sacado al mercado dos trabajos, el más reciente ‘Canciones chuecas - versión 6.3.1’ y ‘Por primera vez en Colombia’. Sus integrantes son John Claro y Andrés Páez.

[xvii] Palos y Cuerdas, hasta antes de la final del concurso, eran los favoritos al Gran Premio Mono Núñez, y algunos de sus integrantes –el bandolista, concretamente- estaba seriamente nominado al mejor instrumentista del evento. El uso del formato eléctrico, aunque les significó perder los premios, supuso también la introducción oficial -esperada y temida- de los formatos eléctricos en las prácticas musicales andinas de un modo explícito en el certamen más importante de la Música Andina . El mérito de ese trabajo fue mostrar no sólo un formato novedoso, sino una propuesta musical muy sugerente, novedosa y arriesgada, que promete un cambio muy fuerte en la forma de escuchar, componer y producir performativamente la música andina.

[xviii] Conformado por Paulo Andres Triviño en la Bandola, Carlos Armando Ramirez en el Bajo eléctrico, y Diego Alfonso Sanchez, en el piano, arreglos y dirección. En 2006 público su trabajo “Prólogo”, en el que se incluye una interesante adaptación de la Pequeña Suite de Adolfo Mejía (1905-1973), obra ganadora de un importante concurso nacional de música erudita en 1938.

[xix] Kafe es 3, es un grupo dirigido por el guitarrista y compositor Jorge Arbelaez. Sus dos principales trabajos son “Primera Cita” y “Cita a ciegas” (2003). En este último, Arbelaez cuenta con León Giraldo en la flauta, Alejandro Ruiz en la percusión y con la bandola de Jairo Rincón Gómez.

[xx] El Duo Barrockcófilo, conformado por Nadia Paredes (Flauta) y Carlos Augusto Guzmán (Guitarra, Director y arreglista).

[xxi] Antonio Arnedo es el líder del Colectivo Colombia, que agrupa algunos de los más novedosos trabajos de la música colombiana: entre otros, Claudia Gómez, Quinteto Puerto Candelaria, Palos y Cuerdas, Bahia, etc. La producción musical de Arnedo es copiosa y variada. Quien desee escuchar uno de sus trabajos emblemáticos puede remitirse al CD “Encuentros”, donde Arnedo comparte con Ramón Benítez (Bombardino), Ben Monder (Guitarras), Jairo Moreno (Contrabajo) y Satoshi Takeishi (Batería y Percusión), con un magnífico resultado musical.

[xxii] No pretendemos sugerir que esta forma de trabajo sea nueva. El grupo más consistente en ese sentido es el Grupo de Canciones Populares Nueva Cultura, con más de veinticinco años de “investigar y experimentar, construir y reconstruir, dudar y volver a intentar”. Tomado del CD conmemorativo de sus 25 años de trabajo “Por Colombia de Canto a Canto”. Guana Records, 2002.

[xxiii] De carvalho, J.J. La etnomusicólogía en tiempos de canibalismo musical. Una reflexión a partir de las tradiciones musicales afroamericanas. En: Revista Transcultural de Música. Transcultural Music Review. #7 (2003) ISSN: 1697-0101

[xxiv] Barriendos Joaquín. Localizando lo identico/globalizando lo diverso. El “Activo Periferia” en el mercado global del arte contemporáneo. En: Boletín CG: Gestión Cultural No. 12 : Mercado del arte contemporáneo, junio de 2005. ISSN: 1697-073X. Portal Iberoamericano de Gestión Cultural.

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